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Crónicas de Kingoué. Capítulo VII. Misión en Kingoué Abril 2015



Mientras yo disfrutaba mis vacaciones en España por Semana Santa atravesando el país para dejar las donaciones sobre el camión, Jenny aprovechó las suyas para ir a Kingoué. Amici del Congo tiene una pick-up similar a la mía con la que llevan lo que van reuniendo en Pointe-Noire. Pero esta vez algo había cambiado. Los transportes que habíamos hecho Nano y yo entre Enero y Marzo habían llenado la casa de Maria de donaciones. ¿Por qué la casa de Maria? Buena pregunta: mi apartamento es muy pequeño, y el de Jenny sólo un poco más grande, así que la buena de Maria nos dejaba su casa para que se la llenemos de trastos. Por fin, llegado el domingo de Ramos, ante el inminente de viaje de Jenny a Kingoué y el mío a España, nos dispusimos a vaciarle la casa.


Como la pick-up de Amici del Congo no sería suficiente, ni de lejos, para transportar tanto material, convenimos en enviar una parte por medio de un camión. Y contratar el camión se convirtió en la siguiente aventura...


Ya conocéis el Grand Marché, un enorme mercado donde no es difícil encontrar carteristas, pero es un paraíso comparado con el Mercado de Fond Tié Tié, de lejos el lugar más concurrido, peligroso, maloliente y transitado de Pointe-Noire. Además, las últimas lluvias habían abierto auténticos cráteres en las calles que sólo permiten el paso a vehículos 4x4. Pues bien, aquí, en este lugar tan agradable, se encuentra el "centro de Mercancías", que nos es más que un callejón lleno de barro donde van aparcando viejos camiones y ofreciendo sus servicios a viva voz. Jenny y yo estábamos acompañados del pequeño Louange y de un congolés amigo de ella, además de los ocho sacos que habíamos retirado de casa de María y que sumaban más de 250 kilos. Después de una hora larga de camino (para recorrer unos 15 kilómetros), llegamos al enjambre de vida que es el Mercado de Fond Tié Tié. Cuando terminamos de sortear todos los cráteres (en algunos se podría enterrar un coche como el mío) y a los grupos de vendedores de absolutamente todo, llegamos al apartado callejón donde estacionan los vetustos camiones que ofrecen sus servicios. Encontramos un camión que partiría, si conseguía la carga suficiente, el día siguiente, pasando por Kingoué, así que allí se fue Jenny a negociar precio.


8 sacos, 250 kilos, a 400 kilómetros. El precio inicial fueron 60 €, aunque Jenny consiguió rebajarlo hasta 20 €, lo cual me resulto muy barato. Además, el camión llegaría casi al mismo tiempo que Jenny a Kingoué, así que no habría problemas de desaparición misteriosa de bolsas.


Lunes Santo, y Jenny que parte con Louange y Don Ghislain, el cura de Kingoué que tanto soporte da a Amici del Congo (de hecho fue el fundador de esta asociación), bien temprano en la mañana. Tiene la agenda llena de cosas por hacer. Además de seguir el final de la construcción de la Casa del Cuore de Kingoué y de repartir todo lo que le había llegado desde navidades (además de nuestras donaciones, un contenedor que les llegó en Enero desde Italia), como por primera vez tenían el coche operativo, se habían planteado visitar todas las aldeas que pudieran en la región de Kingoué, pues hasta la fecha, a falta de transporte, habían centrado sus esfuerzos en Kingoué Center, de unos 2.000 habitantes.


La región de Kingoué la componen unos 30 poblados, a cual más pobre. Los hay de 2.000 habitantes, o de 35. Además, en la selva donde está enclavada está región, existen tribus de pigmeos, algunos de los cuales acuden a los poblados a intercambiar alimentos o a unirse a ellos. Vamos, como para llevar un padrón detallado en este lugar.


La idea inicial de Jenny y de Don Ghislain era visitar todos los poblados, en los diez días de que disponía Jenny, para llevarles la ayuda que pudieran a cada uno y conocer de primera mano la necesidad de todos, pero la realidad fue muy distinta. Aunque algunos poblados están a sólo 15 kilómetros de distancia de su base operativa, se tardaba más de una hora en atravesar esos caminos. Y hay aldeas aún más alejadas, hasta a 50 kilómetros de Kingoué Centre. Así que se centraron en el poblado principal y visitaron sólo unos pocos poblados más. Y de todos hay historias bonitas que contar.


Habían pensado en aprovechar la Casa del Cuore, que ya tiene paredes, ventanas, techo y suelo para hacer el reparto de la ropa, zapatos y sábanas a los habitantes del pueblo, dándoles a elegir a cada uno de los habitantes que se acercase hasta el lugar tres prendas entre todas las que habían dispuesto en el salón principal. Ni en sus peores pesadillas pensaron que esa tarea se iba a alargar 3 días completos, necesitando, además, la ayuda de los servicios sociales del lugar, voluntarios, gendarmes, etc, ante la avalancha de personas. La primera sorpresa fue que el objeto más codiciado eran las sábanas, algo que no habíamos previsto y que, por lo tanto, no abundaba. Se agotaron enseguida, y los afortunados que las consiguieron las portaban orgullosos mostrándoselas al resto de convecinos. Así que, conocida la necesidad, lanzamos una campaña por las redes para recolectar sábanas, grandes o chicas, nuevas o usadas, que poco a poco está dando sus frutos.


De ese reparto tenemos muchas fotos, en algunas de las cuales ya se pueden ver las prendas traídas desde España. Es una satisfacción indescriptible poder ver cómo tanto esfuerzo sirve para alimentar sonrisas y cubrir necesidades tan básicas como unos zapatos o una camiseta.


El siguiente problema que se le planteó a Jenny fue cómo repartir las medicinas que habíamos traído desde España gracias a una cadena de grandes amigos, como Luis, Ana, Antonio. El primer problema era que nunca habían visto algunas de las medicinas que habíamos llevado, y como los que trabajan en los centros médicos no son doctores, ni tan siquiera enfermeros, no sabían cómo administrarlos. Por si fuera poco, apenas hablan el francés, así que como para leerse el prospecto en español. Así que le tocó a Jenny traducir los prospectos, del español que desconoce, al francés que tampoco domina muy bien, ni ella, ni los enfermeros.


Esos primeros 20 kilos de medicinas se repartieron entre el centro médico de Kingoué Center y el de Matsiti, de lejos el poblado más pobre del lugar. No tienen ni agua. Y no hablemos ya del centro médico. Una triste cabaña de madera, con un camastro que no es más que un somier, una cama de parto que más bien parece un potro de tortura (¿Creéis que exagero?, buscad las fotos en la página de Facebook) y un dispensario que sólo contenía un par de botellas de suero fisiológico. La cara del enfermero cuando vio todo lo que Jenny le entregó lo decía todo.


También habíamos entregado a Jenny una primera partida de batidos proteicos que mi suegro y compañero de fatigas no pudo disfrutar por irse demasiado pronto, y ella se los dio a Japhé, un chico encantador y muy delgado que le siguió cada día, ayudándole en lo que podía. Japhé es huérfano, pero no porque sus padres hayan muerto, lo cual sería muy triste, sino por algo aun peor. Su padre no lo reconoció al nacer, y la madre prefirió abandonarlo cuando su actual pareja le dio a elegir entre vivir con él o con su hijo. Así que Japhé pasó a vivir con sus tíos, padres ya de 5 niños. Cuando falta comida en esa casa, ¿Adivináis quién es el niño que se queda sin comer? Pues por este motivo sufre una grave desnutrición. Bueno, sufría, porque desde que se ha aficionado a los batidos proteicos tiene mejor cara y “más carne”. Con el camión gallego llegaron unos 30 kilos más de este producto, que les vendrán muy bien a muchos chiquillos que sufren también desnutrición.


Por su parte, los potitos que habíamos logrado llevar hasta el momento, unos 30, se distribuyeron entre dos jóvenes madres, Biliard y Rosine. La primera, muy pobre, no tenía con que alimentar a su pequeña Belvina (no me estoy inventando los nombre, lo juro), pero el caso de Rosine era extremo. En enero dio a luz a su cuarto hijo (aunque sólo los dos últimos viven con ella) en el centro médico de Kingoué, y desde entonces había estado viviendo allí, en el centro médico, con los alimentos que le acercaba el enfermero, el Don Ghislain, o algún otro convecino, ante la imposibilidad de pagarse por sí misma el alimento, y no digamos ya un alojamiento. Hicimos una colecta entre los españoles, y no tan españoles, de Pointe Noire para darle a Jenny algo de dinero con el que cuidar de ella. Aprovechando la visita, Jenny le buscó una pequeña cabaña en alquiler para que al menos pudiera vivir fuera del centro médico. La solución para Rosine llegó de rebote, gracias al pequeño Jean Dorel, otro habiante de Kingoué de tan solo 6 años, pero eso os lo contaré en otro capítulo.


Otro personaje que Jenny visitó durante su estancia en Abril de 2015 fue a Julie, una mujer mayor, enferma de polio (por lo que no puede andar), que se pasa la vida delante de una vieja máquina de coser manual, haciendo unos bolsos, delantales y trajes muy bellos, y que hemos pensado en vender en la ciudad o en nuestros países para poder darle un poco de dinero a la señora. Como tiene una cabaña muy pequeñita y muy oscura (no, no tiene ventanas ni electricidad), Julie sale muy tempranito de su choza y se instala bajo un cañizo, donde se pasa el día cosiendo en la vieja máquina.


Pero, sin duda, el premio a la mujer más valiente y decidida de la región de Kingoué es para Mama Niangui, una anciana de 70 años que habita en un pueblo llamada Mouyondzi, el más grande de la zona. A esta buena señora le dio un día por tomar a su cargo los numerosos huérfanos de la región, y en la actualidad cuida de 300. No, no es un error. 300, trescientos, CCC. Un tres seguido de dos ceros. ¿No es asombroso? Lo cierto es que la gran mayoría no son huérfanos, sino hijos de madres solteras, que los dejan con Mama Niangui por la mañana para poder trabajar. Pero, eso sí, hay al menos 30 huérfanos que viven con ella “a pensión completa”.


Hay tantas historias que contar de esta visita que necesitaría un libro entero para hacerlo, así que voy a terminar hablándoos de papa Nkodia, un anciano completamente ciego que vive solo y que también recibió ayuda por parte de este ángel que se llama Jenny. Y de la aldea de Mounkomo, tan pobre que ni tan siquiera tiene centro médico y un vecino se encarga, con los medios de que dispone, de la salud de sus convecinos, ahora algo mejor con algunos medicamentos que pudimos darle. Y de un chico parapléjico de unos 10 años y cuyo nombre no ha trascendido, al que ayudamos como pudimos, donándole un carrito de bebé, con el que los padres tienen, al menos, un respiro, y él, un poco de independencia.


Las obras de la Casa del Cuore, un centro que se está construyendo en Kingoué Center para albergar, además de las dependencias de la asociación (las estancias donde duermen los voluntarios italianos que vienen en verano y donde guardan las cosas y se reúnen), una guardería para facilitar a las madres que puedan trabajar, una escuela primaria para que los chicos reciban una mejor educación, una escuela de adultos y un centro de acogida, para casos extremos como los de Rosine o Louange, y que se está costeando con las donaciones de los donantes italianos de Amici del Congo y de subvenciones de la Conferencia Episcopal Italiana, pero también con la venta de camisetas (¡que también tenemos en España!), prosiguen su marcha y ese mismo año se terminó el edificio principal. Con el dinero que han podido ahorrar del presupuesto inicial, han podido construir un establo para criar cabras y gallinas, así como un restaurante (con discoteca y todo) con cuyos beneficios seguirán apoyando la acción solidaria que llevan a cabo allí. Ya están operativos los baños, que tienen los primeros lavabos de la historia en toda la región.


Después de dos semanas de duro trabajo, Jenny, Louange y Don Ghislain regresaron a Pointe-Noire, donde tuve el placer de conocer a esta excelente persona. Este congolés de unos 30 años, además de ser solidario, tiene mucho sentido del humor y ya desde el primer momento nos llamábamos hermanos (porque los dos llevábamos la misma camiseta de Amici del Congo). En esa cena se hablaron de muchos proyectos, muchos de los cuales salieron adelante, pero eso os lo iré contando en los siguientes capítulos.


Me despido en esta ocasión con una frase que se me quedó grabada hace años (y eso tiene mérito, dada la pésima memoria que tengo): “Solidario no es aquel que da lo que le sobra, si no el que entrega lo que la otra persona necesita”.



09 Jul 2016
Admin · 500 vistas · Escribir un comentario

Crónicas de Kingoué. Capítulo VI. Minas de sal



Después de pasar la Semana Santa en casa, por primera vez en 6 años junto a mi familia, llegué al Congo con auténtico “mono” por visitar de nuevo la selva. Esa semana fue terrible de trabajo para casi todos los integrantes del grupito de los domingos, así que hasta el sábado por la noche, a ultimísima hora, no decidimos el plan para el domingo, que no sería otro que visitar una mina de potasa abandonada.


Javi, nuestro guía y macho alfa para esta excursión, ya había visitado el sitio junto a Sarai y otros amigos el segundo fin de semana de sus vidas en El Congo, pero tanto les gustó la experiencia que querían repetir y, de paso, mostrarnos la aventura.


El domingo en cuestión, a mitad de Abril, hacía un calor sofocante que parecía que últimamente nos acompañaba cada vez que decidíamos salir. Habíamos comunicado a todos nuestros contactos, incluido el grupo de “congoñoles”, la ruta que habíamos pensado, pero dado lo precipitado de la organización, sólo nos presentamos ocho personas el domingo por la mañana. ¡¡Pero qué ocho personas!!


Además de Javi y Sarai, Jaime, Nano y yo, nos acompañarían Camil, Silvia y Alfredo. Silvia y Alfredo llevaban unos 4 ó 5 meses tan sólo en Pointe Noire, pero como a los pobres ya les ha pasado de todo (robos, policías, etc) se han ganado un poco fama de mal fario. Tanto que el desayuno bromeamos con ellos con frases tipo “cuando os pare la policía, os esperamos”. Curioso, porque nos pararon a todos, menos a ellos. Eso nos pasa por bocazas. Aunque, bueno, conociendo a Javi, seguramente el policía que le paró a él terminaría dándole dinero a Javi (en vez de lo habitual), sólo con tal de que se fueran, y yo por mi parte hace tiempo que me niego a fomentar ese tipo de actividad, así que no me sacaron un franco.


Salimos de la ciudad siguiendo a Javi y enseguida notamos esa liberación que se siente cuando sales de los límites de Pointe-Noire. La ciudad es un lugar bastante opresivo. Una pena, porque el país es muy bonito; espectacular diría, pero no así su capital económica.


En realidad yo sabía dónde estaba la mina de potasa. Bueno, no sabía qué era lo que había allí, pero sabía que algo había. A medio camino entre Hinda y Mboundi, en la nacional 1 (aquella supercarretera china), se pasa sobre un río que está seco. Está seco pero parece llevar algo. Es como un rio de barro. Pronto descubrimos de qué se trataba.


Aparcamos escondiendo un poco los tres coches y nos pusimos ropajes más adecuados para la ruta a pie que teníamos por delante. Aunque en realidad no había ropas adecuadas para esta ruta: si usas zapato deportivo, te los empaparás en barro. Si usas chanclas de playa (como hice yo) te clavarás las estalactitas de sal. Si llevas manga corta, te quemas y te arañas. Si llevas manga larga, te mueres de calor. Cada uno se preparó como quiso, aunque a nuestra vuelta íbamos todos iguales: de marrón de pies a cabeza.


Descendimos al río de barro seco desde la carretera y comenzamos a andar sobre él. Javi y Sarai se guardaron bien de no avisarnos de lo que iba a pasar unos minutos después, porque son así de graciosillos. Y lo que pasó un poco después es que el río de barro seco intentó engullir a nuestro Mesías. Nano, debido a su barba y su desordenada cabellera, ha visto cambiar su nombre en El Congo, totalmente contra su voluntad, a El Mesías, aunque poco después recibió (con desagrado) su definitivo apodo congolés.


Efectivamente, estábamos andando sobre arenas movedizas, o algo que se le parecía muchísimo. Para mí, y para casi todos, era la primera vez, y la sensación era rarísima. Si caminabas con cierta ligereza, sin tener los pies apoyados en el mismo sitio demasiados microsegundos, la superficie soportaba tu peso y no te enterabas. Pero si te parabas, o incluso si ralentizabas el paso, el suelo cedía e intentaba descalzarte y engullirte. Por suerte no eran muy profundas. En el peor de los casos un metro. Así que más que peligrosas eran divertidas. No era fácil hacerse daño, a no ser que estuvieras cerca de Javi, claro, como me pasó a mí, pero eso lo contaré después.


La segunda gran engullida la protagonizó Alfredo, al cruzar un lecho seco. Sí, seco por mis narices. En realidad el sol sofocante de ese día había secado la capa más superficial de barro, pero debajo un metro de barro esperaba a sus víctimas. Y ahí cayó Alfredo, y poco después Silvia, y casi todos. Yo me seguía librando, por los pelos, y mantenía mi ropa inmaculada.


Tras andar un par de kilómetros el rio de barro sobre el que andábamos torcía a la derecha y nos mostró una montaña blanca cristalina de unos 50 metros de altura. Como si hubieran descargado un enorme barco de hielo y nieve, rodeado de la tierra naranja que coloreaba el río de barro que transitábamos, que a su vez estaba enmarcada en el verde de la selva que nos rodeaba.


Según nos explicó Alfredo, que además de ser un buen tipo es un gran geólogo, las vetas de potasa son raras y muy finas. Además, suelen estar sobre otra capa de sal sódica (sal común, vaya), menos rentable para su extracción. Así que cuando la compañía minera terminó de extraer toda la potasa que encontró, abandonó aquella fabulosa montaña de sal. Algunos habitantes de la zona se aprovechan de esta montaña para recoger toda la sal que pueden cargar por ellos mismos (vimos a una familia, al completo, cargaditos de sal), para dárselo a los cerdos. Por lo visto, esta sal tiene la propiedad de tranquilizar a las fieras y de abrirles el apetito para que engorden más y mejor.


Cuando llegué al pie de la montaña me quedé realmente fascinado por las formas que habían adquirido las crestas de sal. Al caer el agua de lluvia, las gotas van desgastando la sal creando unos cañones en miniatura espectaculares. Parecía que estuviéramos en un Cañón del Colorado a escala. Y creo que no sólo yo: todos estábamos ensimismados ante esas maravillosas formas que había esculpido la naturaleza.


Después de unos largos minutos de contemplación y de fotografiar la montañita desde su base llegó el momento más duro: escalarla. No tenía muchísima pendiente, pero toda la parte superior estaba formada por un diente de sierra continuo que haría las delicias de un faquir. Yo era el único que llevaba chanclas. Los demás habían arruinado las botas o el calzado deportivo en el barro, pero ahora subían sin problemas. A mí se me clavaban todas las puntas de sal en la planta de los pies.


Tras media horita de ascenso constante llegamos a la cima de la montaña. Desde allí se distinguía claramente como la mano del hombre había horadado en este valle ese agujero inmenso para llegar hasta la veta de potasa. Un agujero que sólo tenía una salida: el arroyo de aguas movedizas por el que habíamos venido. Por lo demás, estaba rodeado de altos precipicios de tierra naranja coronados por tupidos paisajes selváticos. Una vista espectacular. Un auténtico paraíso, si no fuera por el calor. Y si no fuera por la dificultad para encontrar un sitio para sentarte en la dichosa montañita de pinchos. Nos acercamos a uno de los cortados de tierra naranja y allí, en una minúscula lengua de tierra de un metro por cuatro, nos sentamos los ocho para compartir nuestra comida, nuestra bebida, la sombra de un arbusto y aquel bello momento.


La bajada parecía más sencilla, pero no sabría decir si porque era cuesta abajo o porque habíamos finiquitado la cerveza fresquita que llevábamos. Era demasiado fácil. Así que Jaime y yo decidimos darle más emoción y, en vez de descender por la cara de la montaña que habíamos ascendido, decidimos hacerlo por un terraplén de barro que había en un lateral. Fue divertido, pues parecía que fuéramos esquiando sobre barro (la pared tenía una considerable inclinación, tanto que hubiera resultado imposible ascender por esa cara), pero también doloroso, pues ni Jaime ni yo hemos destacado nunca en el esquí sobre barro (¿existe ese deporte?) y más de una vez chocamos con piedras, travesaños de madera, árboles caídos, etc.


Al final de ese descenso nos encontramos en el nacimiento mismo del arroyo seco donde campaban a sus anchas las arenas movedizas, y nos dispusimos a seguirlo hasta reunirnos con el resto del grupo. En este extraño lugar hay piedras de lo más singular, como sal gema, mineral de hierro, una piedra parecida al granito pero aún más antigua (lo siento Alfredo, no me llevé nada para tomar notas) y una especie de roca hecha de barro morado, “monísima de la muerte”. Por supuesto, me cargué con todo lo que me cabía en la mochila y en las manos. Craso error….


En algún momento me separé de Jaime y decidí acelerar el paso para evitar ser engullido por las arenas movedizas. Tanto aceleré que resbalé y me caí de culo. Nada grave, el barro está blandito (y mi culo más aun), pero llevaba una roca de sal gema en la mano derecha, la misma que usé para apoyarme en el suelo. Cada una de las puntas que coronaban la piedrecita en cuestión se me clavaron en la mano. Además, una piedra de sal, ¿os imagináis como puede picar eso? Por suerte, aprendí de un amigo malagueño a levantarme antes de tocar el suelo para que nadie se dé cuenta de mi torpeza, así que la caída quedó entre yo, la santa piedra de sal, y el resbaladizo barro.


De vuelta a la base de la montaña tras seguir el curso del arroyo en solitario, me reuní con el resto del grupo, menos Jaime, que llegó tras de mí al poco rato. Se ve que la cervecita nos había sentado bien, el sol nos había achicharrado las neuronas, o simplemente que somos un poco tontos, porque en el camino de regreso sobre el rio de barro fuimos buscando los pozos más peligrosos de arenas movedizas para meternos en ellos, intentar levitar sobre las aguas, pasarlas a la carrera, etc. Yo quería regresar más o menos limpio, así que me metí en una charquita de agua hirviendo y me lavé los pies hasta que volví a verme las uñas, y las manos para valorar los daños de la caída. Nada grave, sobreviviría. El resto, en especial Javi y Sarai, se empeñaron en no regresar tan limpios, y comenzaron a andar sobre las aguas, como hacía el Mesías. Pero no el Mesías congolés (Nano), sino el de verdad.


En una de estas Sarai me pidió que cruzáramos corriendo por un pozo de arenas bastante blandas: nos cogimos de la mano, aceleramos el paso y….la solté. Lo siento, no soy tan buena persona como creéis y como creía ella. Así que la pobre Sarai entró sola y desequilibrada, y se cayó sola al barro. Pero fueron daños menores. Después repitió la experiencia con Javi, que terminó haciendo una plancha en el pozo. De repente, su camiseta roja era naranja, y su cara también.


Javi, que tiene buen oído, sintió como me partía de risa por su caída y me persiguió hasta darme caza y tirarme, con un auténtico placaje, a otro pozo de arenas movedizas. Yo, que iba tan limpio. Lo bueno es que inventamos un nuevo deporte (placaje sobre arenas movedizas) que seguramente será un éxito cuando descubramos como jugar sin sangrar por codos y rodillas, que por lo visto era mi papel en el juego.


Sin casi agua para beber llegamos exhaustos a los coches, que seguían donde los habíamos dejado (siempre me da un poco de miedo dejarlos abandonados en mitad de la selva). Quitarnos todo ese barro con la poca agua que teníamos para beber no nos pareció una buena idea, así que nos cambiamos de ropa sin poder quitarnos el barro de brazos, piernas, cara, pelo, etc. Un desastre. Con el sofocante calor el barro empezaba a secarse y a agrietarse, transmitiéndonos una sensación muy incómoda. Teníamos que buscar un sitio donde lavarnos, y como estábamos en mitad de la selva, ¿Dónde mejor para ir a lavarse que la playa frente a la Brasserie de la Mer, en plena ciudad? Así que allí nos dirigimos los ocho, llenos de barro de arriba abajo, de vuelta a la ciudad. Por supuesto, no nos paró ningún policía (les asustaríamos, digo yo) y curiosamente sólo 4 llegamos hasta la playa (los tres malagueños y Silvia). Los demás se despidieron a la francesa y se fueron a casa a lamerse las heridas.


Nosotros, por nuestra parte, pedimos el almuerzo (segundo almuerzo del día), abundante cervecita y agua, y fuimos, sin ningún reparo, a lavarnos el barro en el mar, rodeados de expatriados que, como ya sabéis, eligen este lugar para pasar la tarde del domingo.


Una vez limpitos, comiditos y rehidratados regresamos a casa a descansar y a prepararnos para el día siguiente, lunes. Y es que los domingos están hechos para descansar, no para buscar sal en mitad de la selva.



¡Sed buenos!


05 Nov 2015
Admin · 465 vistas · Escribir un comentario

Crónicas de Kingoué. Capítulo V. El camión gallego



Después deestos capítulos introductivos que seguro os han servido para acercaros a mi nueva realidad y de un par de aventuras en la selva, creo que estáis preparado para que os cuente otras historias, quizá la parte más interesante de mi estancia en Congo.


A principios de febrero de 2015, desde la Iniciativa Málaga por El Congo ya habíamos decidido dar por finalizada nuestra labor con Caritas Congo y con el Orfelinato de Mvou-Mvou para centrarnos en nuestra cooperación con los Amici del Congo, así que, siguiendo las indicaciones de esta ONG italiana, lanzamos una campaña a través de las redes sociales solicitando desde semillas de verduras hasta juguetes, comida o medicinas; y la respuesta fue, como siempre, espectacular. A las ya habituales colaboraciones de personas como Maria Garabito, Mª Jose Mateo, Carolina Ortiz o Reme Pérez, se unieron dos nuevas Anas, que parece ser el nombre protagonista de estas historias.


La primera Ana, Anita Buitrón, es una estupenda fotógrafa afincada en Torremolinos, pero con un trozo de corazón en África. Desde siempre había anhelado visitar este
continente para ayudar a los más necesitados, y finalmente, hace un año, durante casi dos semanitas y pagando todo de su bolsillo, llegó a Gambia, un pequeño país rodeado por Senegal. La sonrisa de África (si veis un mapa del África occidental entenderéis por qué le llaman así a este país). Se llevó consigo todo un repertorio de disfraces hechos por ella misma y que repartió entre los chavales de la escuela que regentaba una ONG canaria en una pequeña aldea, de manera que cada uno eligiera aquello que quería ser de mayor. ¿Por qué no podían ser médicos, ingenieros o abogados?, pensó. Con las fotos que sacó hizo un almanaque que se agotó enseguida (yo le compré el ultimo) y cuya recaudación fue a la ONG canaria que la había acogido en Gambia. Pero la experiencia le supo a poco.


Anita Buitrón se volcó con nuestro proyecto apenas nos conocimos, y ayudó considerablemente al caos que sobrevino poco después.


La misma parte de culpa en este "caos" la tuvo la otra Ana, Ana del Pino, que actuando en su propio nombre y en el de Los Ángeles Malagueños de la Noche, organizó una colecta de donaciones que pronto desbordó todas mis previsiones.


Si normalmente podía transportar, con mucha suerte, 100 kilos de donaciones cada 2 meses, este tándem, además de otras colaboraciones más habituales como la propia Carolina o Luisa Herrero, consiguieron reunir 400 kilos de semillas, potitos, juguetes, material escolar y médico, ropa, etc, en pocas semanas. Ya no teníamos la infraestructura necesaria para guardar todas estas cosas a la espera de poder hacer un gran porte, y haciendo una simple regla de tres empecé a temer que en un par de meses las donaciones llegaran a los mil kilos, y por tanto mi matrimonio a su fin, pues yo guardaba todas vuestras ayudas en mi casa a la espera de poder transportarlas.


Tiré de todo mi ingenio, que no es mucho, y de todas mis nuevas amistades en el Congo, pero aparte del pequeño socorro que suponía el que Nano me transportara 50 kilos cada 3 meses, no conseguí nada concreto. La empresa para la cual trabaja mi nuevo amigo Ion envía barcos enteros de cemento desde Setúbal, pero ni podemos meter 500 kilos de donaciones cada vez, ni podemos pagar el transporte de tanto material hasta Setúbal.


Quizá los contactos iniciados con el embajador en Kinshasa y con los españoles residentes en el otro Congo nos ayudarían a traer mercancías de manera gratuita más adelante, pero hasta ese momento no tenía nada. Y es en este punto donde se produce otra alineación de planetas que me permitiría, si Dios quería, transportar todo de forma gratuita, aunque fuera a costa de perderme dos días con mi familia.


Sin entrar en muchos detalles, porque mi contrato me impide hacerlo, me ofrecieron cargar un camión, que debía venir al Congo, con todo el material de las donaciones. Sólo había un problema: el camión estaba en Galicia, y el material en Málaga. 1.100 kilómetros entre uno y otro.


Cuando hablé con el propietario de la empresa que fletaba este camión, me comentó que ellos, cada vez que vendían un vehículo a un país con problemillas, adjuntaban una maleta con medicinas, ropa, o lo que consiguieran reunir. Así que le hablé de nuestro proyecto y de mis problemas, y enseguida se ofreció a construir, a su costa, una jaula para poder dejar todo lo que pudiera llevarle, dentro de la caja del camión sin que fuera robado en el trayecto en barco. Pero heme aquí, a 1.100 kilómetros de distancia de A Coruña, y con pocos días de descanso para estar con la familia, que además en esos momentos soportaba una perdida muy reciente ¿Cómo podría hacerlo? Había sólo una solución: ir hasta allí con mi propio coche y todo lo que fuera capaz de meter dentro, así que hablé con mi amigo Agustín, una de las pocas personas en este mundo que considero aún más irresponsable que yo, y le propuse que me acompañara, a lo que accedió sin pensarlo (por cosas como ésta a veces me da miedo estar a solas con él…). Durante cuatro días me dediqué a recoger las donaciones que habían recolectado mis amigas las Anas, Reme y Luisa. En cada visita, estas colaboradoras lograban llenarme el coche hasta los topes. Incluso me planteé la opción de alquilar una furgoneta para poder meter más cantidad de donaciones en el camión, pero hacer 2.200 kilómetros en dos días en una furgoneta suponía ya demasiados riesgos para la seguridad, y tanto Agustín como yo somos padres, así que descarté la idea.


Aun así, y después de desmontar hasta los asientos traseros de mi coche, pude meter 26 cajas, con un total de 300 kilos de alimentos, material escolar, medicinas, juguetes y ropa. Por fin, el lunes de Pascua recorrimos España de sur a norte para transportar todo esto y dejarlo a buen recaudo encima del camión, para al día siguiente hacer la ruta inversa y plantarnos en Málaga con algún kilo más, fruto de las delicatessen propias de tan ricas tierras.


Esta locura no pasó desapercibida en tierras gallegas y, a pesar de que sólo estuvimos en A Coruña unas 12 horas (y casi todas de noche), pronto se corrió la voz y empezaron a llegar donaciones de distintas asociaciones, empresas y particulares hasta Talleres Capelan, la empresa que nos había cedido el espacio en el camión: 12 camas-literas, cientos de camisetas de Repsol y de Carrefour, y decenas de bolsas con ropa, zapatos, juguetes, etc. Incluso el Basket Coruña, cuya existencia reconozco que desconocía hasta ese momento, quiso cooperar con nosotros, donándonos cientos (sí, he dicho cientos) de equipaciones oficiales completamente nuevas. ¡Que tomen nota los clubes profesionales de mi ciudad!


En esos días, mis amigos de Los Ángeles Malagueños me habían preparado la atestación de donación entre ellos y los Amici del Congo para que, llegado el momento, no nos clavaran en el puerto de Pointe-Noire. Pero claro, tan rápidos fuimos esta vez en preparar los papeles (véase lo que nos costó este mismo documento en el caso del contenedor del año anterior), que los 300 kilos que declarábamos pronto resultaron irrisorios… Más de 1.000 kilos se amontonaban a la espera de ser cargados sobre el camión.


Si declaras 300 kilos de donaciones y cargas 320 no hay problema. Pero si declaras 300 kilos y cargas más de 1.000, sí. Así que otra mañana de prisas, llamadas, emails y alguna trampilla hasta que conseguimos que el camión pudiera entrar en el puerto y ser cargado en el barco “Grande Argentina” (buen nombre para un barco). Esperamos su llegada todo un mes cuando llegó yo ya no me encontraba en Pointe Noire. Pero Jenny, Javi y Sarai, Nano, Jaime, Silvia 1 y Silvia 2 (ya llegaremos a la explicación de estos nombres) y el pequeño Louange sí, y les tocó a ellos recibir, clasificar, transportar hasta Kingoué y finalmente repartir las donaciones del camión gallego. Pero esto os lo contaré con más detalle.


Mientras yo recorría España dos veces en dos días, Jenny no se quedó parada, ni mucho menos. Aprovechó su descanso de Semana Santa para viajar a Kingoué, pero esto forma parte ya de otro capítulo.



¡Nos leemos en breve!


05 Sep 2015
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Crónicas de Kingoué. Capítulo IV. El lago de los Cocodrilos



Tras pasar dos semanas muy convulsas de vacaciones en casa, en las que perdí a mi suegro, compañero y amigo Pepe Pérez, me tocó regresar a mi puesto de trabajo. Todos mis amigos me esperaron la primera noche para cenar conmigo, aocompañarme y darme ánimos. Legué un miércoles, y  al llegar el fin de semana ya estaba loco por salir de la rutina y hacer algo lejos de lo habitual, para desconectar de todo lo que nos había ocurrido esos días. Así que decidí apuntarme nuevamente a las aventuras dominicales del grupito de Javi y Sarai. Recién llegado del invierno tardío español, el primer fin de semana tras mi regreso me sumé a la excursión al lago de los cocodrilos, nombre que me he inventado yo porque no llevaba un boli para apuntar su verdadero nombre.


Como hace siempre, Javi envió al final de la semana un email a toda la pandilla para plantearnos la excursión del domingo. En estos divertidos correos, Javi nos da una mínima explicación del plan que vamos a seguir, por eso de tenernos intrigados, y nos facilita una lista de lo que SÍ debemos llevar y lo que NO está permitido llevar en cada caso. Por ejemplo, para esta excursión sólo nos decía que íbamos a visitar unos lagos donde podríamos encontrar cocodrilos y aligátores, que llevásemos comida, agua, cerveza fresquita, ropa sexy, prohibiéndose expresamente usar turbopacket como bañador.


Y allí se presentaron a las 9:00 en Café Torino, como hacen cada domingo. El último que llega, paga el desayuno de todos, lo que ayuda a que la gente no llegue tarde y a que venga desayunada de casa. Hasta cuatro coches logramos llenar de seres humanos, perrunos, y trastos de excursión (no faltando ni hamacas, ni sombrillas ni neveras portátiles, que no se diga que no somos unos domingueros auténticos).


Además del macho alfa del día (Guillem), su novia Aurelie y su perro, nos acompañaron Thibaud y Milagros, Camile y Emilie, los propios Javi y Sarai, Antoine y Jaisbell (una pareja francesa-venezolana muy joven y agradable) y Karine. Tomamos la nacional 5, la carretera que une Pointe Noire con Gabón, la misma que te conduce a Diosso, la reserva de Tchimpounga, la playa de Matoumbi o el monasterio de Loango, sitios todos que ya deberíais conocer de otros capítulos. Pero si todo estos sitios están más o menos señalizados, el Lago de los Cocodrilos está tan escondido que sólo alguien que haya ido allí y tenga una memoria fotográfica (a mí no me miréis…) podría encontrarlo.


Muchos kilómetros después de salir de Pointe Noire, tras dejar atrás el peaje, el carrefour de Diego, el cruce para Loango y la playa de Matoumbi, se llega a la desembocadura del río Kouikouilou Bas, el cual hay que atravesar por un puente de hormigón que da bastante miedito. ¿Por qué?, porque sólo está permitido el paso a vehículos utilitarios, y de uno en uno. Camiones, furgonetas y demás deben tomar un barco a pie de puente para cruzar el río, por lo visto porque no tienen mucha confianza en el puente, aunque a simple vista parece bastante resistente. Para evitar que pasen vehículos grandes han colocado blocaos que permite que pasen, justo justo, nuestras pick up. Y digo yo, si las furgonetas no pueden pasar porque el puente no soportaría su peso, ¿Quién me dice a mí que aguantará el peso de una pick cargada de personas y bártulos domingueros? Además, el puente está custodiado por el ejército. Si se te ocurre sacar una foto DEL puente, EN el puente o DESDE el puente, vas a tener graves problemas con ellos.


Afortunadamente, el puente no se cayó, el ejército nos dejó paso libre y no nos dieron problemas. Pensamos que ese día tendríamos suerte con la autoridad, pero estábamos equivocados….


Unos kilómetros más adelante, al atravesar un pueblo que sirve de frontera entre dos provincias, la policía nos paró. Ya me habían parado y multado una vez por no llevar pasaporte, visado, carta de residencia, permiso de conducir congolés, comprobante de pago del IBI de mi vivienda en España, gluten del Mercadona y cupón premiado de los ciegos de la noche anterior. ¡Esta vez lo llevaba todo! Pero no todos llevaban todo. Desconozco cuál de estos documentos se les había olvidado a los demás, pero el caso es que nos tuvieron parado casi una hora y nos dejaron ir sólo después de satisfacer sus ansias económicas.


De nuevo en ruta, Guillem tuvo a bien dejar la carretera nacional atrás e internarnos por una vaguada, campo atraviesa, que al cabo de un par de kilómetros resultó intransitable, a pesar de que todos llevábamos 4x4. Volvimos unos cientos de metros sobre nuestras rodaduras y tomamos lo que parecía un camino entre los árboles. Esta zona, cercana a la costa, fue despojada de su masa arbórea hacemuchos decenios, y en su lugar, en  muchos lugares, plantaron bosques de abedules hasta donde se pierde la vista. No es selva, pero da menos pena que ver montes totalmente pelados cómo también hay por aquí.



Tras unos kilómetros por este camino, y tras cambiar de dirección un par de veces, por fin dimos con lo que estaba buscando Guillem: la carretera nacional 6. Hasta me da por pensar que en realidad es una broma de ellos, porque esta carretera nacional es en realidad una pista de tierra roja, bastante bien compactada, pero de tierra. Aun anduvimos muchos kilómetros hasta que doblamos a la izquierda para internarnos de nuevo en el campo, entre los árboles, sobre hierba de un metro de alto. Sin ver el suelo. Por suerte, yo iba el último, así que no sería el primero en hundirme en un probable boquete o chocar contra una posible roca escondida por la alta hierba. No hubo que lamentar daños y, tras 15 minutos conduciendo sobre esta alfombra de la sabana llegamos a unos carriles de tierra suelta donde, ahora sí, Thibaud y yo podríamos revivir viejas carreras.


En estas pistas de tierra suelta es un auténtico placer conducir. Al ser planas, tienes una amplia visión de lo que tienes por delante, y yendo a tan solo 40 km/h puedes cruzar el coche, contra volantear y todas esas chorradas que nos gustan a los que, por la razón que sea, no nos riega bien el cerebro. Y así hicimos.


Como mis niños (Javi y Sarai) iban fuera del coche, de pie en la carga de la pick-up, y mi adversario Thibaud delante de mí levantando una gran cortina de polvo, cuando paramos parecía que había cambiado a mis amigos por dos indios cherokees.


El paisaje era espectacular. Suaves colinas cubiertas de hierbas de un metro de altura, con tranquilos ríos y lagos esperando en los distintos llanos. Probamos a internarnos en el primer lago que vimos, pero la hierba era tan alta que no podríamos estar tranquilos, bañarnos, comer, y cobijarnos a la sombra. Además, al estar rodeado de hierbas tan altas corríamos el peligro de ser atacado por una serpiente, y aquí las serpientes no pican de broma. Una mordedura de una mamba puede provocarte la muerte en 3 horas, y haberlas haylas, que yo las he visto y dan bastante respeto.


Así que desaparcamos los coches y seguimos buscando un lago donde la hierba nos permitiera acercarnos al agua, y lo encontramos unos kilómetros más adelante. Este segundo lago que visitamos (aunque habíamos visto muchos más ese día) era alargado. De hecho lo habíamos tomado por un río al principio. Junto a la carretera vimos una preciosa casa de madera con un porche que daba al mismo lago, distante unos 50 metros. Llamamos pero, como es normal, no respondió nadie. Se trataba de la casa de algún adinerado expatriado que seguramente la visitaría un par de veces al año. Decidimos respetar la propiedad, pero hacer uso de su espaciado y sombreado porche para comer y dormir la primera siesta del día.


Justo delante de la casa había un viejo embarcadero con las tablas podridas, pero nos permitía entrar en el agua sin tener que atravesar por encima de la hierba, así que nos pusimos los bañadores y nos fuimos todos al agua, perro de Guilem y Aurelie incluido.


Yo, por si acaso, me aseguré de no ser el más alejado de la orilla en ningún momento: si realmente había cocodrilos allí, mejor que se coma primero a un amigo que a mí mismo. Soy así de buena persona.


Incluso dentro del agua hacía calor. El sol estaba en su máximo esplendor y corrimos a refugiarnos en el porche que habíamos invadido esa mañana. Sacamos las viandas y bebidas y compartimos todo con todos. Había una excelente ensalada de pasta (hecha por mí, claro, por eso le doy tanto bombo), bocadillos de aguacates, tortilla de patatas, fruta, pan, cervezas, refrescos, agua. Un auténtico picnic dominguero. Comimos como cerdos (como lo que realmente somos algunos de nosotros) y luego intentamos echar una cabezadita en la hamaca de Javi o directamente sobre el suelo. Pero como estaban allí Javi, Sarai, Camile y Guillem, no era muy recomendable cerrar los ojos por mucho tiempo. Unos se dedicaron a tirar agua helada por los cogotes ajenos. Otra, no diré su nombre pero es pamplonica, se metió debajo del porche, cuyo suelo estaba formado por listones de madera separados entre sí un par de dedos, para pincharnos con ramitas la plantas de los pies a través de los huecos. El novio, que tampoco diré quién es, mejoró la técnica, sustituyendo las inocentes ramitas por un mechero encendido. Son tronchantes, vaya.


No conseguíamos descansar. El calor era sofocante y el agua del lago no había servido para refrescarnos, así que decidimos desandar lo andado e irnos a la playa, a la misma desembocadura del río Kouikouilou Bas, donde el agua es más fresquita. Milagrosamente (o quizá Guillem realmente sí que conocía el camino hasta el lago) no nos perdimos y pudimos dar de nuevo con la nacional 5, aunque curiosamente entramos en ella por un punto distinto al que la dejamos unas horas antes.


Llegados a la playa montamos nuestros bártulos y cada cual hizo lo que le apetecía. Un grupito se fue a andar hasta el río. Otros nos metimos en el agua. Y Jaisbell, Karine y Javi decidieron quedarse debajo de la pequeña sombrilla que llevábamos. Javi intentaba dormir la siesta. Lo sé porque cada 5 minutos me acercaba a él y le preguntaba si estaba intentando dormir la siesta, y aunque su respuesta no era un “sí” claro y contundente, las palabras de amor que me dedicaba me dieron a entender que ésta era su intención.


Camile se metió en el agua casi antes de aparcar su propio coche y no salió de allí hasta que Emilie amagó con irse de vuelta a casa ella sola. A este hombre-pez le encantan las olas, y ahí me metí yo con él, a disfrutar del meneo y los revolcones que
te proporciona el océano por estos lares.


Cuando dos horas después de llegar a la playa regresaron los compañeros que habían ido a pasear, se encontraron la misma estampa que cuando nos dejaron: Javi diciendo palabrotas debajo de la sombrilla y a un servidor y a Camile jugando con las olas. Aun hubo tiempo de terminar con las patatas y cervezas antes de regresar, sanos y salvo, a casita.


Gracias a mis amigos había conseguido desconectarme por unas horas  de lo que llevaba cargando sobre mis hombros esos días, y quemar tanta adrenalina que en cuando llegué a casa y hablé con la familia caí rendido a los placeres de mi cama congolesa.


En el próximo capítulo os contaré la historia del camión gallego, otra de esas odiseas que sólo yo sé prepararme.



21 Jul 2015
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Crónicas de Kingoué. Capítulo III. Caminito a Kouakouala


A mediados de febrero de 2015 se cumplían 6 meses desde mi última visita a la selva. A pesar de que Javi y Sarai, junto con su pandilla, organizaban excursiones cada domingo, yo, por una cosa o por otra, no había podido apuntarme. Así que me propuse dejar los domingos libres de nuevo (normalmente tenía que trabajar unas horas por la mañana) para volver a disfrutar de lo mejor de este país, que no es, desde luego, la ciudad de Pointe Noire.


Añoraba visitar el interior del país. Los villages, la selva, los mercados, los carriles de tierra, los paisajes sacados de documentales de la 2 (¿Será que los graban aquí?). Así que un domingo, coincidiendo con que tenía que coger el avión por la tarde para pasar unos días en casa, decidimos organizar una excursión a Mboubissi Village y Mboubissi Carrefour, dos poblados a los que unos años antes les habíamos dado luz eléctrica a través de un proyecto de la empresa petrolera para la cual trabajo. Yo me conocía el camino bastante bien, y los chef deambas aldeas tenían muy buen rollo conmigo. Existe una gran rivalidad entre estas dos aldeas, separadas por 3 kilómetros de selva, respecto a cuál de ellas es el auténtico Mboubissi y cuál la subsidiaria de ésta. Eso hizo, en los tiempos del proyecto, que ambos jefes compitiesen para obtener electricidad antes que el otro, aunque en realidad le dimos al botón el mismo día. Fuera como fuese, con los dos me une una bonita amistad y me tratan como a un hermano un poco pálido.

Era una excursión que habíamos postergado por distintos motivos, y al que finalmente no pudieron venir los organizadores originales de la excursión: mi fan nº1, Milagros y su marido Thibaud.

Las bajas en el grupo por vacaciones, preparación de boda, viajes y salidas discotequeras hizo que sólo nos reuniéramos hispano hablantes para ese día: Jaime, Nano, Javi y Sarai, Karine, y un servidor. Pero no necesitábamos a nadie más para dar el espectáculo, y el primero que lo hizo, sin quererlo, fui yo.

Quedamos a las 9:00 en nuestra casa (que está de camino entre el centro de la ciudad y nuestro objetivo de ese día) y tomamos la carretera nacional 1, la carretera de los chinos, la que une las dos capitales de este hermoso país. A pesar de que Karine venía con nosotros, esa mañana ningún agente de la autoridad quiso molestarnos, algo bastante sorprendente, y tras media horita de atasco, por fin llegamos al puesto de peaje de Mengo, que separa la opresiva ciudad de Pointe Noire de la naturaleza. El aire parece menos cargado, apenas hay tráfico, y conducir por esta carretera es un auténtico gustazo, sin tener que esquivar baches, controles de policía, mercados, etc. La selva, no demasiada cerrada aun, a ambos lados de la carretera.

En 15 minutos estábamos en Hinda, el poblado a pie de carretera que marca el cruce hacia el interior de la selva. Cambiábamos una excelente carretera de dos carriles por sentido por una pista que, en los tiempos en los que yo la recorría todas las semanas, te permitía ir relativamente relajado. Pero mucho había llovido en esos dos años (nunca mejor dicho), y el tráfico había decrecido hasta tal punto que habían dejado de mantener el carril. Además, casi no pasaban camiones, que son los que al final asientan el terreno tras las lluvias, así que el camino estaba bastante roto. En algunos tramos inundados de agua y barro. Por suerte íbamos en dos 4x4 y preparados con cinchas por si uno tenía que remolcar al otro. Nos parábamos en los tramos más rotos para ver cuál era la mejor estrategia a seguir para atravesar ese punto. Yo iba al volante de una de las pick-up, y llevaba de copilotos a Karine y a Nano. Muy graciosos los dos: cuando llegábamos a un punto complicado, uno me decía “por la derecha”, y la otra “por la izquierda”. Claro, estaba obligado a no hacerle caso, por lo menos, a uno de ellos. ¡Y se me enfadaban!, ¿Qué podía hacer yo?

Cuando nos paramos en uno de los puntos más complicados para evaluar si era conveniente seguir o no, aproveché para cambiarle el agua al canario. Estaba en la selva, ¿Quién se iba a molestar porque hiciera mis necesidades en mitad del campo? Pues Javi, claro, que, blandiendo su cámara, me persiguió hasta que ya me cansé y le dejé sacarme todas las fotos que quiso. Pensé que esto había quedado entre Javi, su cámara y yo, pero me equivocaba. Cuando me di la vuelta, me vi al resto de la expedición señalándome mientras yo me apuraba en vaciar hasta la última gotita, para evitar así tener que pasar de nuevo por el mal trago de cambiar aguas en el resto de la jornada. Como es tan buena persona, Javi subió una de

esas fotos, con mis examigos señalándome mientras intento aligerar mi peso, a la red social por excelencia. Una lástima que, después de tantos años de aventuras en tantos lugares, la foto mía más visionada sea ésta, junto a otra con Sarai con los ojos bizcos. Ambas fueron colgadas durante la “guerra de fotos”. Consejo: No juguéis a este juego con Javi. Vais a perder el juego, y algunos amigos…


Después de la parada técnica y de más de una hora por este carril (en mis mejores tiempos lo hacía en poco más de 30 minutos), bajo un sol achicharrador, llegamos, por fin, a Mboubissi Carrefour, el primero de los dos poblados que íbamos a visitar. Y nuestra sorpresa fue mayúscula: A nosotros incluso se nos pasó por la cabeza darnos la vuelta debido al estado espantoso que presentaba la carretera, pero allí nos encontramos con taxis y cent-cent que habían venido por esa misma pista. No sé cómo narices lo consiguen, ¡pero estos taxis llegan a cualquier lado!

Mboubissi Carrefour es un poco más grande que su hermano Mboubissi Village, y tiene un gran mercado donde encontrar buena fruta. Aquí adquiría yo mis piñas en la época de mi adicción por ellas. Como el chef del village no estaba, fuimos a dar una vuelta por el mercado, y allí nos quedamos hablando con los policías a cargo de la seguridad de esa aldea. No tenían mucho trabajo, claro. Es un lugar muy tranquilo. Descansaban junto al “cine de la ciudad” , un cuarto oscuro provisto de una televisión donde iban emitiendo los partidos de fútbol de las ligas españolas, italiana, inglesa, etc.

Tampoco tenían las vendedoras mucha fruta ni verdura. Quizá el domingo no fuese el mejor día de la semana para ir de compras en este lugar. Pero por poco que hubiera, el olor y el calor eran asfixiantes, así que nos despedimos y nos fuimos al segundo Mboubissi, atravesando un campo petrolífero cercano, en busca de algún sitio fresquito donde enfriar el cerebro.

El chef de Mbousissi Village tampoco estaba ese fin de semana en casa, pero por suerte algunos parroquianos me conocían de otras visitas anteriores y nos enseñaron el pueblo, que en realidad no da para mucho. Dos anchas calles de tierra que forman una T, una primera fila de cabañas, y la selva abrazándolo todo. En una de las calles que formaban la T se encontraban el dispensario médico, la escuela, la casa del chef del village y el bar del pueblo, todos ellos con electricidad gracias a la instalación que hiciéramos años antes. Así que cuando terminamos de presentarnos y la visita, nos metimos a la sombra de la terraza del bar y suplicamos por unas cervezas fresquitas. Como no es que sea muy habitual tener la visita de tan ilustre grupo de mundeles (mundele = blanco; en realidad el plural sería bamundele), poco a poco fueron acercándose hasta el bar los chavales de la aldea y algunos jóvenes para acompañarnos mientras tomábamos un trago. Era duro estar fuera de ese techado de hojas de palma. El sol estaba en lo más alto y teníamos la sensación de estar tostándonos a fuego lento.

La única expedicionaria que no nos acompañó al trago fue Karine que, vestida con telas de colores que recordaban más a una árabe que a una congolesa, paseó por la aldea. Se nota que algo tiene, pues los lugareños la miraban con respeto y sin fijar la vista en ella. No en vano, ella procede del linaje real de su poblado al norte del país. Distinguíamos los colores de su vestimenta a lo lejos, entre las cabañas, como un fantasma que aparece y desaparece a su antojo.

Como hasta el aire abrasaba, Javi decidió quitarse la camiseta para dejar de sudar ligeramente, pero Karine nos advirtió que quitarse la camiseta significa en este país que estás buscando pelea (que curioso, cómo en la Feria de Málaga). Así que Javi, que no se corta un pelo, fue diciéndoles uno a uno a todos los aldeanos con los que nos cruzábamos que tenía calor, que él no buscaba pelea y que éramos buena gente. Desde luego que haya donde vamos damos el cantazo.

Cuando hubimos terminado la cerveza, pedimos a uno de los clientes del bar que nos llevara hasta el río, para comprobar si era factible darnos un bañito refrescante. Se ofreció encantado, pues él iba en esa misma dirección y podría venir con nosotros en el coche. En realidad el río estaba como a un kilómetro tan solo, en la dirección opuesta a la que habíamos venido. Allí había una treintena de niños de 4 a 12 años saltando, jugando, salpicando. Habría unos dos metros de desnivel entre la orilla y el río, y desde allí saltaban, solos o en grupo, con bañador o desnudos, haciendo tanto ruido que pienso que los cocodrilos de la zona habían emigrado a tierras (aguas en realidad) más tranquilas.

Intentamos comunicarnos con ellos, pero como nuestro lingala no es muy bueno, y su francés tampoco lo era, la única forma de interactuar con ellos que encontramos fue a través de los bailes que Sarai les enseñó, o les intentó enseñar.

Como allí tampoco encontramos la sombra y la tranquilidad que buscábamos para almorzar, dimos media vuelta y nos dirigimos al primer poblado que habíamos visitado. Mboubissi Carrefour, en cuyas afueras encontramos una parcela de una cabaña, aparentemente vacía, con sombra y con sitio para aparcar delante. Preguntamos a la chica que vivía en la cabaña de enfrente si podríamos establecernos allí para almorzar y nos dijo que nos sintiéramos como en casa. Así que, como los buenos domingueros en los que nos hemos convertido, sacamos nuestros bártulos y montamos una mesa digna de reyes. Bueno, una mesa no, una manta que había traído Karine, siempre previsora (estoy seguro de que tiene una bola de cristal en casa, por eso nunca le falta ni le sobra nada). Agua, refrescos, cervezas, ensaladas, filetes empanados, tortillas, pan, fuet, queso, servilletas, cubiertos. Un picnic digno de los domingueros más profesionales del litoral español.

Hasta esa parcela fueron llegando vecinos para comprobar que, efectivamente, había bamundele comiendo sentados en el suelo. Incluso hicimos trueques de algunas frutas por galletas, y cosas así.

Después de un largo día bajo el sol, tomamos el camino de vuelta, con los niños (Javi y Sarai) en la carga de la pick up, como de costumbre, junto con algunos lugareños a los que ayudamos a llegar a su destino. Claro que seguramente los locales hubieran preferido ir cómodamente sentados en el interior, con aire acondicionado y con musiquita en lugar de ir de pie en la carga junto a estos bamundele tan raros y ruidosos.

Llegué con el tiempo justo para darme una ducha, cerrar las maletas (por suerte no hago maletas cuando regreso a España, sino que simplemente las transporto vacías para poder regresarlas llenas de materiales para Kingoué) y salir pitando para el aeropuerto. Después de almorzar en el suelo en mitad de la selva, a 35º a la sombra, la siguiente comida que hice fue desayunar en Paris a pocos grados sobre cero. La vida está llena de contrastes, y hasta éstos tienen su belleza si sabes apreciarla.

Desgraciadamente, durante esas dos semanas de vacaciones sufrimos un varapalo familiar muy importante que al final precipitaría mi futuro en Pointe Noire, pero eso os lo contaré más adelante.


¡Hasta pronto!


04 Jul 2015
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