Ultimo Comentario

Que satisfacción mas grande tengo de ...

26/04/2015 @ 11:13:57
por del Pino


No me dedico a labores sociales ...

20/04/2015 @ 10:04:38
por Maria


Muy bien descritas las escenas escatológicas....podía ...

11/02/2013 @ 16:12:36
por Perez


Genial! Esperando el tercer capitulo para ...

27/01/2013 @ 19:47:23
por Lazaro


Maravilloso! Me encanta cómo transmite la ...

03/08/2012 @ 14:49:45
por Pérez


Calendario

Noviembre 2015
LunMarMierJueVierSabDom
 << <Jul 2017> >>
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
30      

Anuncio

¿Quién está en línea?

Miembro: 0
Visitante: 1

rss Sindicación

Anuncio de los artículos posteados en: Noviembre 2015

Crónicas de Kingoué. Capítulo VI. Minas de sal



Después de pasar la Semana Santa en casa, por primera vez en 6 años junto a mi familia, llegué al Congo con auténtico “mono” por visitar de nuevo la selva. Esa semana fue terrible de trabajo para casi todos los integrantes del grupito de los domingos, así que hasta el sábado por la noche, a ultimísima hora, no decidimos el plan para el domingo, que no sería otro que visitar una mina de potasa abandonada.


Javi, nuestro guía y macho alfa para esta excursión, ya había visitado el sitio junto a Sarai y otros amigos el segundo fin de semana de sus vidas en El Congo, pero tanto les gustó la experiencia que querían repetir y, de paso, mostrarnos la aventura.


El domingo en cuestión, a mitad de Abril, hacía un calor sofocante que parecía que últimamente nos acompañaba cada vez que decidíamos salir. Habíamos comunicado a todos nuestros contactos, incluido el grupo de “congoñoles”, la ruta que habíamos pensado, pero dado lo precipitado de la organización, sólo nos presentamos ocho personas el domingo por la mañana. ¡¡Pero qué ocho personas!!


Además de Javi y Sarai, Jaime, Nano y yo, nos acompañarían Camil, Silvia y Alfredo. Silvia y Alfredo llevaban unos 4 ó 5 meses tan sólo en Pointe Noire, pero como a los pobres ya les ha pasado de todo (robos, policías, etc) se han ganado un poco fama de mal fario. Tanto que el desayuno bromeamos con ellos con frases tipo “cuando os pare la policía, os esperamos”. Curioso, porque nos pararon a todos, menos a ellos. Eso nos pasa por bocazas. Aunque, bueno, conociendo a Javi, seguramente el policía que le paró a él terminaría dándole dinero a Javi (en vez de lo habitual), sólo con tal de que se fueran, y yo por mi parte hace tiempo que me niego a fomentar ese tipo de actividad, así que no me sacaron un franco.


Salimos de la ciudad siguiendo a Javi y enseguida notamos esa liberación que se siente cuando sales de los límites de Pointe-Noire. La ciudad es un lugar bastante opresivo. Una pena, porque el país es muy bonito; espectacular diría, pero no así su capital económica.


En realidad yo sabía dónde estaba la mina de potasa. Bueno, no sabía qué era lo que había allí, pero sabía que algo había. A medio camino entre Hinda y Mboundi, en la nacional 1 (aquella supercarretera china), se pasa sobre un río que está seco. Está seco pero parece llevar algo. Es como un rio de barro. Pronto descubrimos de qué se trataba.


Aparcamos escondiendo un poco los tres coches y nos pusimos ropajes más adecuados para la ruta a pie que teníamos por delante. Aunque en realidad no había ropas adecuadas para esta ruta: si usas zapato deportivo, te los empaparás en barro. Si usas chanclas de playa (como hice yo) te clavarás las estalactitas de sal. Si llevas manga corta, te quemas y te arañas. Si llevas manga larga, te mueres de calor. Cada uno se preparó como quiso, aunque a nuestra vuelta íbamos todos iguales: de marrón de pies a cabeza.


Descendimos al río de barro seco desde la carretera y comenzamos a andar sobre él. Javi y Sarai se guardaron bien de no avisarnos de lo que iba a pasar unos minutos después, porque son así de graciosillos. Y lo que pasó un poco después es que el río de barro seco intentó engullir a nuestro Mesías. Nano, debido a su barba y su desordenada cabellera, ha visto cambiar su nombre en El Congo, totalmente contra su voluntad, a El Mesías, aunque poco después recibió (con desagrado) su definitivo apodo congolés.


Efectivamente, estábamos andando sobre arenas movedizas, o algo que se le parecía muchísimo. Para mí, y para casi todos, era la primera vez, y la sensación era rarísima. Si caminabas con cierta ligereza, sin tener los pies apoyados en el mismo sitio demasiados microsegundos, la superficie soportaba tu peso y no te enterabas. Pero si te parabas, o incluso si ralentizabas el paso, el suelo cedía e intentaba descalzarte y engullirte. Por suerte no eran muy profundas. En el peor de los casos un metro. Así que más que peligrosas eran divertidas. No era fácil hacerse daño, a no ser que estuvieras cerca de Javi, claro, como me pasó a mí, pero eso lo contaré después.


La segunda gran engullida la protagonizó Alfredo, al cruzar un lecho seco. Sí, seco por mis narices. En realidad el sol sofocante de ese día había secado la capa más superficial de barro, pero debajo un metro de barro esperaba a sus víctimas. Y ahí cayó Alfredo, y poco después Silvia, y casi todos. Yo me seguía librando, por los pelos, y mantenía mi ropa inmaculada.


Tras andar un par de kilómetros el rio de barro sobre el que andábamos torcía a la derecha y nos mostró una montaña blanca cristalina de unos 50 metros de altura. Como si hubieran descargado un enorme barco de hielo y nieve, rodeado de la tierra naranja que coloreaba el río de barro que transitábamos, que a su vez estaba enmarcada en el verde de la selva que nos rodeaba.


Según nos explicó Alfredo, que además de ser un buen tipo es un gran geólogo, las vetas de potasa son raras y muy finas. Además, suelen estar sobre otra capa de sal sódica (sal común, vaya), menos rentable para su extracción. Así que cuando la compañía minera terminó de extraer toda la potasa que encontró, abandonó aquella fabulosa montaña de sal. Algunos habitantes de la zona se aprovechan de esta montaña para recoger toda la sal que pueden cargar por ellos mismos (vimos a una familia, al completo, cargaditos de sal), para dárselo a los cerdos. Por lo visto, esta sal tiene la propiedad de tranquilizar a las fieras y de abrirles el apetito para que engorden más y mejor.


Cuando llegué al pie de la montaña me quedé realmente fascinado por las formas que habían adquirido las crestas de sal. Al caer el agua de lluvia, las gotas van desgastando la sal creando unos cañones en miniatura espectaculares. Parecía que estuviéramos en un Cañón del Colorado a escala. Y creo que no sólo yo: todos estábamos ensimismados ante esas maravillosas formas que había esculpido la naturaleza.


Después de unos largos minutos de contemplación y de fotografiar la montañita desde su base llegó el momento más duro: escalarla. No tenía muchísima pendiente, pero toda la parte superior estaba formada por un diente de sierra continuo que haría las delicias de un faquir. Yo era el único que llevaba chanclas. Los demás habían arruinado las botas o el calzado deportivo en el barro, pero ahora subían sin problemas. A mí se me clavaban todas las puntas de sal en la planta de los pies.


Tras media horita de ascenso constante llegamos a la cima de la montaña. Desde allí se distinguía claramente como la mano del hombre había horadado en este valle ese agujero inmenso para llegar hasta la veta de potasa. Un agujero que sólo tenía una salida: el arroyo de aguas movedizas por el que habíamos venido. Por lo demás, estaba rodeado de altos precipicios de tierra naranja coronados por tupidos paisajes selváticos. Una vista espectacular. Un auténtico paraíso, si no fuera por el calor. Y si no fuera por la dificultad para encontrar un sitio para sentarte en la dichosa montañita de pinchos. Nos acercamos a uno de los cortados de tierra naranja y allí, en una minúscula lengua de tierra de un metro por cuatro, nos sentamos los ocho para compartir nuestra comida, nuestra bebida, la sombra de un arbusto y aquel bello momento.


La bajada parecía más sencilla, pero no sabría decir si porque era cuesta abajo o porque habíamos finiquitado la cerveza fresquita que llevábamos. Era demasiado fácil. Así que Jaime y yo decidimos darle más emoción y, en vez de descender por la cara de la montaña que habíamos ascendido, decidimos hacerlo por un terraplén de barro que había en un lateral. Fue divertido, pues parecía que fuéramos esquiando sobre barro (la pared tenía una considerable inclinación, tanto que hubiera resultado imposible ascender por esa cara), pero también doloroso, pues ni Jaime ni yo hemos destacado nunca en el esquí sobre barro (¿existe ese deporte?) y más de una vez chocamos con piedras, travesaños de madera, árboles caídos, etc.


Al final de ese descenso nos encontramos en el nacimiento mismo del arroyo seco donde campaban a sus anchas las arenas movedizas, y nos dispusimos a seguirlo hasta reunirnos con el resto del grupo. En este extraño lugar hay piedras de lo más singular, como sal gema, mineral de hierro, una piedra parecida al granito pero aún más antigua (lo siento Alfredo, no me llevé nada para tomar notas) y una especie de roca hecha de barro morado, “monísima de la muerte”. Por supuesto, me cargué con todo lo que me cabía en la mochila y en las manos. Craso error….


En algún momento me separé de Jaime y decidí acelerar el paso para evitar ser engullido por las arenas movedizas. Tanto aceleré que resbalé y me caí de culo. Nada grave, el barro está blandito (y mi culo más aun), pero llevaba una roca de sal gema en la mano derecha, la misma que usé para apoyarme en el suelo. Cada una de las puntas que coronaban la piedrecita en cuestión se me clavaron en la mano. Además, una piedra de sal, ¿os imagináis como puede picar eso? Por suerte, aprendí de un amigo malagueño a levantarme antes de tocar el suelo para que nadie se dé cuenta de mi torpeza, así que la caída quedó entre yo, la santa piedra de sal, y el resbaladizo barro.


De vuelta a la base de la montaña tras seguir el curso del arroyo en solitario, me reuní con el resto del grupo, menos Jaime, que llegó tras de mí al poco rato. Se ve que la cervecita nos había sentado bien, el sol nos había achicharrado las neuronas, o simplemente que somos un poco tontos, porque en el camino de regreso sobre el rio de barro fuimos buscando los pozos más peligrosos de arenas movedizas para meternos en ellos, intentar levitar sobre las aguas, pasarlas a la carrera, etc. Yo quería regresar más o menos limpio, así que me metí en una charquita de agua hirviendo y me lavé los pies hasta que volví a verme las uñas, y las manos para valorar los daños de la caída. Nada grave, sobreviviría. El resto, en especial Javi y Sarai, se empeñaron en no regresar tan limpios, y comenzaron a andar sobre las aguas, como hacía el Mesías. Pero no el Mesías congolés (Nano), sino el de verdad.


En una de estas Sarai me pidió que cruzáramos corriendo por un pozo de arenas bastante blandas: nos cogimos de la mano, aceleramos el paso y….la solté. Lo siento, no soy tan buena persona como creéis y como creía ella. Así que la pobre Sarai entró sola y desequilibrada, y se cayó sola al barro. Pero fueron daños menores. Después repitió la experiencia con Javi, que terminó haciendo una plancha en el pozo. De repente, su camiseta roja era naranja, y su cara también.


Javi, que tiene buen oído, sintió como me partía de risa por su caída y me persiguió hasta darme caza y tirarme, con un auténtico placaje, a otro pozo de arenas movedizas. Yo, que iba tan limpio. Lo bueno es que inventamos un nuevo deporte (placaje sobre arenas movedizas) que seguramente será un éxito cuando descubramos como jugar sin sangrar por codos y rodillas, que por lo visto era mi papel en el juego.


Sin casi agua para beber llegamos exhaustos a los coches, que seguían donde los habíamos dejado (siempre me da un poco de miedo dejarlos abandonados en mitad de la selva). Quitarnos todo ese barro con la poca agua que teníamos para beber no nos pareció una buena idea, así que nos cambiamos de ropa sin poder quitarnos el barro de brazos, piernas, cara, pelo, etc. Un desastre. Con el sofocante calor el barro empezaba a secarse y a agrietarse, transmitiéndonos una sensación muy incómoda. Teníamos que buscar un sitio donde lavarnos, y como estábamos en mitad de la selva, ¿Dónde mejor para ir a lavarse que la playa frente a la Brasserie de la Mer, en plena ciudad? Así que allí nos dirigimos los ocho, llenos de barro de arriba abajo, de vuelta a la ciudad. Por supuesto, no nos paró ningún policía (les asustaríamos, digo yo) y curiosamente sólo 4 llegamos hasta la playa (los tres malagueños y Silvia). Los demás se despidieron a la francesa y se fueron a casa a lamerse las heridas.


Nosotros, por nuestra parte, pedimos el almuerzo (segundo almuerzo del día), abundante cervecita y agua, y fuimos, sin ningún reparo, a lavarnos el barro en el mar, rodeados de expatriados que, como ya sabéis, eligen este lugar para pasar la tarde del domingo.


Una vez limpitos, comiditos y rehidratados regresamos a casa a descansar y a prepararnos para el día siguiente, lunes. Y es que los domingos están hechos para descansar, no para buscar sal en mitad de la selva.



¡Sed buenos!


05 Nov 2015
Admin · 425 vistas · Escribir un comentario