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Crónicas de Kingoué. Capítulo IV. El lago de los Cocodrilos



Tras pasar dos semanas muy convulsas de vacaciones en casa, en las que perdí a mi suegro, compañero y amigo Pepe Pérez, me tocó regresar a mi puesto de trabajo. Todos mis amigos me esperaron la primera noche para cenar conmigo, aocompañarme y darme ánimos. Legué un miércoles, y  al llegar el fin de semana ya estaba loco por salir de la rutina y hacer algo lejos de lo habitual, para desconectar de todo lo que nos había ocurrido esos días. Así que decidí apuntarme nuevamente a las aventuras dominicales del grupito de Javi y Sarai. Recién llegado del invierno tardío español, el primer fin de semana tras mi regreso me sumé a la excursión al lago de los cocodrilos, nombre que me he inventado yo porque no llevaba un boli para apuntar su verdadero nombre.


Como hace siempre, Javi envió al final de la semana un email a toda la pandilla para plantearnos la excursión del domingo. En estos divertidos correos, Javi nos da una mínima explicación del plan que vamos a seguir, por eso de tenernos intrigados, y nos facilita una lista de lo que SÍ debemos llevar y lo que NO está permitido llevar en cada caso. Por ejemplo, para esta excursión sólo nos decía que íbamos a visitar unos lagos donde podríamos encontrar cocodrilos y aligátores, que llevásemos comida, agua, cerveza fresquita, ropa sexy, prohibiéndose expresamente usar turbopacket como bañador.


Y allí se presentaron a las 9:00 en Café Torino, como hacen cada domingo. El último que llega, paga el desayuno de todos, lo que ayuda a que la gente no llegue tarde y a que venga desayunada de casa. Hasta cuatro coches logramos llenar de seres humanos, perrunos, y trastos de excursión (no faltando ni hamacas, ni sombrillas ni neveras portátiles, que no se diga que no somos unos domingueros auténticos).


Además del macho alfa del día (Guillem), su novia Aurelie y su perro, nos acompañaron Thibaud y Milagros, Camile y Emilie, los propios Javi y Sarai, Antoine y Jaisbell (una pareja francesa-venezolana muy joven y agradable) y Karine. Tomamos la nacional 5, la carretera que une Pointe Noire con Gabón, la misma que te conduce a Diosso, la reserva de Tchimpounga, la playa de Matoumbi o el monasterio de Loango, sitios todos que ya deberíais conocer de otros capítulos. Pero si todo estos sitios están más o menos señalizados, el Lago de los Cocodrilos está tan escondido que sólo alguien que haya ido allí y tenga una memoria fotográfica (a mí no me miréis…) podría encontrarlo.


Muchos kilómetros después de salir de Pointe Noire, tras dejar atrás el peaje, el carrefour de Diego, el cruce para Loango y la playa de Matoumbi, se llega a la desembocadura del río Kouikouilou Bas, el cual hay que atravesar por un puente de hormigón que da bastante miedito. ¿Por qué?, porque sólo está permitido el paso a vehículos utilitarios, y de uno en uno. Camiones, furgonetas y demás deben tomar un barco a pie de puente para cruzar el río, por lo visto porque no tienen mucha confianza en el puente, aunque a simple vista parece bastante resistente. Para evitar que pasen vehículos grandes han colocado blocaos que permite que pasen, justo justo, nuestras pick up. Y digo yo, si las furgonetas no pueden pasar porque el puente no soportaría su peso, ¿Quién me dice a mí que aguantará el peso de una pick cargada de personas y bártulos domingueros? Además, el puente está custodiado por el ejército. Si se te ocurre sacar una foto DEL puente, EN el puente o DESDE el puente, vas a tener graves problemas con ellos.


Afortunadamente, el puente no se cayó, el ejército nos dejó paso libre y no nos dieron problemas. Pensamos que ese día tendríamos suerte con la autoridad, pero estábamos equivocados….


Unos kilómetros más adelante, al atravesar un pueblo que sirve de frontera entre dos provincias, la policía nos paró. Ya me habían parado y multado una vez por no llevar pasaporte, visado, carta de residencia, permiso de conducir congolés, comprobante de pago del IBI de mi vivienda en España, gluten del Mercadona y cupón premiado de los ciegos de la noche anterior. ¡Esta vez lo llevaba todo! Pero no todos llevaban todo. Desconozco cuál de estos documentos se les había olvidado a los demás, pero el caso es que nos tuvieron parado casi una hora y nos dejaron ir sólo después de satisfacer sus ansias económicas.


De nuevo en ruta, Guillem tuvo a bien dejar la carretera nacional atrás e internarnos por una vaguada, campo atraviesa, que al cabo de un par de kilómetros resultó intransitable, a pesar de que todos llevábamos 4x4. Volvimos unos cientos de metros sobre nuestras rodaduras y tomamos lo que parecía un camino entre los árboles. Esta zona, cercana a la costa, fue despojada de su masa arbórea hacemuchos decenios, y en su lugar, en  muchos lugares, plantaron bosques de abedules hasta donde se pierde la vista. No es selva, pero da menos pena que ver montes totalmente pelados cómo también hay por aquí.



Tras unos kilómetros por este camino, y tras cambiar de dirección un par de veces, por fin dimos con lo que estaba buscando Guillem: la carretera nacional 6. Hasta me da por pensar que en realidad es una broma de ellos, porque esta carretera nacional es en realidad una pista de tierra roja, bastante bien compactada, pero de tierra. Aun anduvimos muchos kilómetros hasta que doblamos a la izquierda para internarnos de nuevo en el campo, entre los árboles, sobre hierba de un metro de alto. Sin ver el suelo. Por suerte, yo iba el último, así que no sería el primero en hundirme en un probable boquete o chocar contra una posible roca escondida por la alta hierba. No hubo que lamentar daños y, tras 15 minutos conduciendo sobre esta alfombra de la sabana llegamos a unos carriles de tierra suelta donde, ahora sí, Thibaud y yo podríamos revivir viejas carreras.


En estas pistas de tierra suelta es un auténtico placer conducir. Al ser planas, tienes una amplia visión de lo que tienes por delante, y yendo a tan solo 40 km/h puedes cruzar el coche, contra volantear y todas esas chorradas que nos gustan a los que, por la razón que sea, no nos riega bien el cerebro. Y así hicimos.


Como mis niños (Javi y Sarai) iban fuera del coche, de pie en la carga de la pick-up, y mi adversario Thibaud delante de mí levantando una gran cortina de polvo, cuando paramos parecía que había cambiado a mis amigos por dos indios cherokees.


El paisaje era espectacular. Suaves colinas cubiertas de hierbas de un metro de altura, con tranquilos ríos y lagos esperando en los distintos llanos. Probamos a internarnos en el primer lago que vimos, pero la hierba era tan alta que no podríamos estar tranquilos, bañarnos, comer, y cobijarnos a la sombra. Además, al estar rodeado de hierbas tan altas corríamos el peligro de ser atacado por una serpiente, y aquí las serpientes no pican de broma. Una mordedura de una mamba puede provocarte la muerte en 3 horas, y haberlas haylas, que yo las he visto y dan bastante respeto.


Así que desaparcamos los coches y seguimos buscando un lago donde la hierba nos permitiera acercarnos al agua, y lo encontramos unos kilómetros más adelante. Este segundo lago que visitamos (aunque habíamos visto muchos más ese día) era alargado. De hecho lo habíamos tomado por un río al principio. Junto a la carretera vimos una preciosa casa de madera con un porche que daba al mismo lago, distante unos 50 metros. Llamamos pero, como es normal, no respondió nadie. Se trataba de la casa de algún adinerado expatriado que seguramente la visitaría un par de veces al año. Decidimos respetar la propiedad, pero hacer uso de su espaciado y sombreado porche para comer y dormir la primera siesta del día.


Justo delante de la casa había un viejo embarcadero con las tablas podridas, pero nos permitía entrar en el agua sin tener que atravesar por encima de la hierba, así que nos pusimos los bañadores y nos fuimos todos al agua, perro de Guilem y Aurelie incluido.


Yo, por si acaso, me aseguré de no ser el más alejado de la orilla en ningún momento: si realmente había cocodrilos allí, mejor que se coma primero a un amigo que a mí mismo. Soy así de buena persona.


Incluso dentro del agua hacía calor. El sol estaba en su máximo esplendor y corrimos a refugiarnos en el porche que habíamos invadido esa mañana. Sacamos las viandas y bebidas y compartimos todo con todos. Había una excelente ensalada de pasta (hecha por mí, claro, por eso le doy tanto bombo), bocadillos de aguacates, tortilla de patatas, fruta, pan, cervezas, refrescos, agua. Un auténtico picnic dominguero. Comimos como cerdos (como lo que realmente somos algunos de nosotros) y luego intentamos echar una cabezadita en la hamaca de Javi o directamente sobre el suelo. Pero como estaban allí Javi, Sarai, Camile y Guillem, no era muy recomendable cerrar los ojos por mucho tiempo. Unos se dedicaron a tirar agua helada por los cogotes ajenos. Otra, no diré su nombre pero es pamplonica, se metió debajo del porche, cuyo suelo estaba formado por listones de madera separados entre sí un par de dedos, para pincharnos con ramitas la plantas de los pies a través de los huecos. El novio, que tampoco diré quién es, mejoró la técnica, sustituyendo las inocentes ramitas por un mechero encendido. Son tronchantes, vaya.


No conseguíamos descansar. El calor era sofocante y el agua del lago no había servido para refrescarnos, así que decidimos desandar lo andado e irnos a la playa, a la misma desembocadura del río Kouikouilou Bas, donde el agua es más fresquita. Milagrosamente (o quizá Guillem realmente sí que conocía el camino hasta el lago) no nos perdimos y pudimos dar de nuevo con la nacional 5, aunque curiosamente entramos en ella por un punto distinto al que la dejamos unas horas antes.


Llegados a la playa montamos nuestros bártulos y cada cual hizo lo que le apetecía. Un grupito se fue a andar hasta el río. Otros nos metimos en el agua. Y Jaisbell, Karine y Javi decidieron quedarse debajo de la pequeña sombrilla que llevábamos. Javi intentaba dormir la siesta. Lo sé porque cada 5 minutos me acercaba a él y le preguntaba si estaba intentando dormir la siesta, y aunque su respuesta no era un “sí” claro y contundente, las palabras de amor que me dedicaba me dieron a entender que ésta era su intención.


Camile se metió en el agua casi antes de aparcar su propio coche y no salió de allí hasta que Emilie amagó con irse de vuelta a casa ella sola. A este hombre-pez le encantan las olas, y ahí me metí yo con él, a disfrutar del meneo y los revolcones que
te proporciona el océano por estos lares.


Cuando dos horas después de llegar a la playa regresaron los compañeros que habían ido a pasear, se encontraron la misma estampa que cuando nos dejaron: Javi diciendo palabrotas debajo de la sombrilla y a un servidor y a Camile jugando con las olas. Aun hubo tiempo de terminar con las patatas y cervezas antes de regresar, sanos y salvo, a casita.


Gracias a mis amigos había conseguido desconectarme por unas horas  de lo que llevaba cargando sobre mis hombros esos días, y quemar tanta adrenalina que en cuando llegué a casa y hablé con la familia caí rendido a los placeres de mi cama congolesa.


En el próximo capítulo os contaré la historia del camión gallego, otra de esas odiseas que sólo yo sé prepararme.



21 Jul 2015
Admin · 396 vistas · Escribir un comentario

Crónicas de Kingoué. Capítulo III. Caminito a Kouakouala


A mediados de febrero de 2015 se cumplían 6 meses desde mi última visita a la selva. A pesar de que Javi y Sarai, junto con su pandilla, organizaban excursiones cada domingo, yo, por una cosa o por otra, no había podido apuntarme. Así que me propuse dejar los domingos libres de nuevo (normalmente tenía que trabajar unas horas por la mañana) para volver a disfrutar de lo mejor de este país, que no es, desde luego, la ciudad de Pointe Noire.


Añoraba visitar el interior del país. Los villages, la selva, los mercados, los carriles de tierra, los paisajes sacados de documentales de la 2 (¿Será que los graban aquí?). Así que un domingo, coincidiendo con que tenía que coger el avión por la tarde para pasar unos días en casa, decidimos organizar una excursión a Mboubissi Village y Mboubissi Carrefour, dos poblados a los que unos años antes les habíamos dado luz eléctrica a través de un proyecto de la empresa petrolera para la cual trabajo. Yo me conocía el camino bastante bien, y los chef deambas aldeas tenían muy buen rollo conmigo. Existe una gran rivalidad entre estas dos aldeas, separadas por 3 kilómetros de selva, respecto a cuál de ellas es el auténtico Mboubissi y cuál la subsidiaria de ésta. Eso hizo, en los tiempos del proyecto, que ambos jefes compitiesen para obtener electricidad antes que el otro, aunque en realidad le dimos al botón el mismo día. Fuera como fuese, con los dos me une una bonita amistad y me tratan como a un hermano un poco pálido.

Era una excursión que habíamos postergado por distintos motivos, y al que finalmente no pudieron venir los organizadores originales de la excursión: mi fan nº1, Milagros y su marido Thibaud.

Las bajas en el grupo por vacaciones, preparación de boda, viajes y salidas discotequeras hizo que sólo nos reuniéramos hispano hablantes para ese día: Jaime, Nano, Javi y Sarai, Karine, y un servidor. Pero no necesitábamos a nadie más para dar el espectáculo, y el primero que lo hizo, sin quererlo, fui yo.

Quedamos a las 9:00 en nuestra casa (que está de camino entre el centro de la ciudad y nuestro objetivo de ese día) y tomamos la carretera nacional 1, la carretera de los chinos, la que une las dos capitales de este hermoso país. A pesar de que Karine venía con nosotros, esa mañana ningún agente de la autoridad quiso molestarnos, algo bastante sorprendente, y tras media horita de atasco, por fin llegamos al puesto de peaje de Mengo, que separa la opresiva ciudad de Pointe Noire de la naturaleza. El aire parece menos cargado, apenas hay tráfico, y conducir por esta carretera es un auténtico gustazo, sin tener que esquivar baches, controles de policía, mercados, etc. La selva, no demasiada cerrada aun, a ambos lados de la carretera.

En 15 minutos estábamos en Hinda, el poblado a pie de carretera que marca el cruce hacia el interior de la selva. Cambiábamos una excelente carretera de dos carriles por sentido por una pista que, en los tiempos en los que yo la recorría todas las semanas, te permitía ir relativamente relajado. Pero mucho había llovido en esos dos años (nunca mejor dicho), y el tráfico había decrecido hasta tal punto que habían dejado de mantener el carril. Además, casi no pasaban camiones, que son los que al final asientan el terreno tras las lluvias, así que el camino estaba bastante roto. En algunos tramos inundados de agua y barro. Por suerte íbamos en dos 4x4 y preparados con cinchas por si uno tenía que remolcar al otro. Nos parábamos en los tramos más rotos para ver cuál era la mejor estrategia a seguir para atravesar ese punto. Yo iba al volante de una de las pick-up, y llevaba de copilotos a Karine y a Nano. Muy graciosos los dos: cuando llegábamos a un punto complicado, uno me decía “por la derecha”, y la otra “por la izquierda”. Claro, estaba obligado a no hacerle caso, por lo menos, a uno de ellos. ¡Y se me enfadaban!, ¿Qué podía hacer yo?

Cuando nos paramos en uno de los puntos más complicados para evaluar si era conveniente seguir o no, aproveché para cambiarle el agua al canario. Estaba en la selva, ¿Quién se iba a molestar porque hiciera mis necesidades en mitad del campo? Pues Javi, claro, que, blandiendo su cámara, me persiguió hasta que ya me cansé y le dejé sacarme todas las fotos que quiso. Pensé que esto había quedado entre Javi, su cámara y yo, pero me equivocaba. Cuando me di la vuelta, me vi al resto de la expedición señalándome mientras yo me apuraba en vaciar hasta la última gotita, para evitar así tener que pasar de nuevo por el mal trago de cambiar aguas en el resto de la jornada. Como es tan buena persona, Javi subió una de

esas fotos, con mis examigos señalándome mientras intento aligerar mi peso, a la red social por excelencia. Una lástima que, después de tantos años de aventuras en tantos lugares, la foto mía más visionada sea ésta, junto a otra con Sarai con los ojos bizcos. Ambas fueron colgadas durante la “guerra de fotos”. Consejo: No juguéis a este juego con Javi. Vais a perder el juego, y algunos amigos…


Después de la parada técnica y de más de una hora por este carril (en mis mejores tiempos lo hacía en poco más de 30 minutos), bajo un sol achicharrador, llegamos, por fin, a Mboubissi Carrefour, el primero de los dos poblados que íbamos a visitar. Y nuestra sorpresa fue mayúscula: A nosotros incluso se nos pasó por la cabeza darnos la vuelta debido al estado espantoso que presentaba la carretera, pero allí nos encontramos con taxis y cent-cent que habían venido por esa misma pista. No sé cómo narices lo consiguen, ¡pero estos taxis llegan a cualquier lado!

Mboubissi Carrefour es un poco más grande que su hermano Mboubissi Village, y tiene un gran mercado donde encontrar buena fruta. Aquí adquiría yo mis piñas en la época de mi adicción por ellas. Como el chef del village no estaba, fuimos a dar una vuelta por el mercado, y allí nos quedamos hablando con los policías a cargo de la seguridad de esa aldea. No tenían mucho trabajo, claro. Es un lugar muy tranquilo. Descansaban junto al “cine de la ciudad” , un cuarto oscuro provisto de una televisión donde iban emitiendo los partidos de fútbol de las ligas españolas, italiana, inglesa, etc.

Tampoco tenían las vendedoras mucha fruta ni verdura. Quizá el domingo no fuese el mejor día de la semana para ir de compras en este lugar. Pero por poco que hubiera, el olor y el calor eran asfixiantes, así que nos despedimos y nos fuimos al segundo Mboubissi, atravesando un campo petrolífero cercano, en busca de algún sitio fresquito donde enfriar el cerebro.

El chef de Mbousissi Village tampoco estaba ese fin de semana en casa, pero por suerte algunos parroquianos me conocían de otras visitas anteriores y nos enseñaron el pueblo, que en realidad no da para mucho. Dos anchas calles de tierra que forman una T, una primera fila de cabañas, y la selva abrazándolo todo. En una de las calles que formaban la T se encontraban el dispensario médico, la escuela, la casa del chef del village y el bar del pueblo, todos ellos con electricidad gracias a la instalación que hiciéramos años antes. Así que cuando terminamos de presentarnos y la visita, nos metimos a la sombra de la terraza del bar y suplicamos por unas cervezas fresquitas. Como no es que sea muy habitual tener la visita de tan ilustre grupo de mundeles (mundele = blanco; en realidad el plural sería bamundele), poco a poco fueron acercándose hasta el bar los chavales de la aldea y algunos jóvenes para acompañarnos mientras tomábamos un trago. Era duro estar fuera de ese techado de hojas de palma. El sol estaba en lo más alto y teníamos la sensación de estar tostándonos a fuego lento.

La única expedicionaria que no nos acompañó al trago fue Karine que, vestida con telas de colores que recordaban más a una árabe que a una congolesa, paseó por la aldea. Se nota que algo tiene, pues los lugareños la miraban con respeto y sin fijar la vista en ella. No en vano, ella procede del linaje real de su poblado al norte del país. Distinguíamos los colores de su vestimenta a lo lejos, entre las cabañas, como un fantasma que aparece y desaparece a su antojo.

Como hasta el aire abrasaba, Javi decidió quitarse la camiseta para dejar de sudar ligeramente, pero Karine nos advirtió que quitarse la camiseta significa en este país que estás buscando pelea (que curioso, cómo en la Feria de Málaga). Así que Javi, que no se corta un pelo, fue diciéndoles uno a uno a todos los aldeanos con los que nos cruzábamos que tenía calor, que él no buscaba pelea y que éramos buena gente. Desde luego que haya donde vamos damos el cantazo.

Cuando hubimos terminado la cerveza, pedimos a uno de los clientes del bar que nos llevara hasta el río, para comprobar si era factible darnos un bañito refrescante. Se ofreció encantado, pues él iba en esa misma dirección y podría venir con nosotros en el coche. En realidad el río estaba como a un kilómetro tan solo, en la dirección opuesta a la que habíamos venido. Allí había una treintena de niños de 4 a 12 años saltando, jugando, salpicando. Habría unos dos metros de desnivel entre la orilla y el río, y desde allí saltaban, solos o en grupo, con bañador o desnudos, haciendo tanto ruido que pienso que los cocodrilos de la zona habían emigrado a tierras (aguas en realidad) más tranquilas.

Intentamos comunicarnos con ellos, pero como nuestro lingala no es muy bueno, y su francés tampoco lo era, la única forma de interactuar con ellos que encontramos fue a través de los bailes que Sarai les enseñó, o les intentó enseñar.

Como allí tampoco encontramos la sombra y la tranquilidad que buscábamos para almorzar, dimos media vuelta y nos dirigimos al primer poblado que habíamos visitado. Mboubissi Carrefour, en cuyas afueras encontramos una parcela de una cabaña, aparentemente vacía, con sombra y con sitio para aparcar delante. Preguntamos a la chica que vivía en la cabaña de enfrente si podríamos establecernos allí para almorzar y nos dijo que nos sintiéramos como en casa. Así que, como los buenos domingueros en los que nos hemos convertido, sacamos nuestros bártulos y montamos una mesa digna de reyes. Bueno, una mesa no, una manta que había traído Karine, siempre previsora (estoy seguro de que tiene una bola de cristal en casa, por eso nunca le falta ni le sobra nada). Agua, refrescos, cervezas, ensaladas, filetes empanados, tortillas, pan, fuet, queso, servilletas, cubiertos. Un picnic digno de los domingueros más profesionales del litoral español.

Hasta esa parcela fueron llegando vecinos para comprobar que, efectivamente, había bamundele comiendo sentados en el suelo. Incluso hicimos trueques de algunas frutas por galletas, y cosas así.

Después de un largo día bajo el sol, tomamos el camino de vuelta, con los niños (Javi y Sarai) en la carga de la pick up, como de costumbre, junto con algunos lugareños a los que ayudamos a llegar a su destino. Claro que seguramente los locales hubieran preferido ir cómodamente sentados en el interior, con aire acondicionado y con musiquita en lugar de ir de pie en la carga junto a estos bamundele tan raros y ruidosos.

Llegué con el tiempo justo para darme una ducha, cerrar las maletas (por suerte no hago maletas cuando regreso a España, sino que simplemente las transporto vacías para poder regresarlas llenas de materiales para Kingoué) y salir pitando para el aeropuerto. Después de almorzar en el suelo en mitad de la selva, a 35º a la sombra, la siguiente comida que hice fue desayunar en Paris a pocos grados sobre cero. La vida está llena de contrastes, y hasta éstos tienen su belleza si sabes apreciarla.

Desgraciadamente, durante esas dos semanas de vacaciones sufrimos un varapalo familiar muy importante que al final precipitaría mi futuro en Pointe Noire, pero eso os lo contaré más adelante.


¡Hasta pronto!


04 Jul 2015
Admin · 421 vistas · Escribir un comentario