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AL FILO DEL PRECIPICIO

Solo se escuchaba la pausada respiración de su mujer, y algunas toses provenientes del dormitorio de los niños. Todo era oscuridad, excepto por los números del radio despertador, que ahora marcaban las 4:23. No era la primera noche que Pedro no podía dormir. Desde que perdiera su empleo hacía casi tres años, su sueño había ido haciéndose más y más complicado. En las últimas semanas, irse a dormir se había convertido en una auténtica pesadilla. Le aterraba estar horas y horas sin dormir, pensando, analizando qué hizo mal para encontrarse en esa situación. Hacía muchos meses que había perdido la prestación de desempleo. El dinero que ganaba su mujer no daba para los gastos de la casa, hipoteca, colegios de niños, comida, etc. Era cuestión de tiempo que entraran en números rojos de forma permanente.


Él siempre había intentado hacerlo lo mejor posible en el trabajo. Cuando era apenas un aprendiz, con 19 años, a pesar de que no le gustaba para nada tener que trabajar, intentaba que su oficial estuviera contento con él, porque pensaba que así no le importaría perder un poco de tiempo en enseñarle los secretos de ese trabajo. “Un fontanero mediocre puede vivir toda su vida de esto, pero un fontanero aplicado puede sacar más dinero que un abogado”. Pedro recordaba cuantas veces le había dicho Manolo, su oficial, esas palabras. Y quizá tenía razón, porque a Manolo nunca le faltó un buen coche, una buena casa o unas buenas vacaciones. Pedro trabajó 14 años con él como oficial, hasta que Manolo se jubiló. Todo ocurrió en un suspiro. Manolo se jubiló en Febrero, a Pedro lo despidieron en Abril, y Manolo sufrió aquel maldito infarto apenas 3 semanas después.


En esos 14 años había aprendido todo lo que se podía aprender sobre la fontanería. Desde trabajar con plomo a soldar con eléctrica. Desde la clásica instalación de cobre hasta la más moderna de tubo multicapa. Por eso no entendía por qué ahora no encontraba trabajo. Lo había buscado, sobre todo durante el primer año o año y medio como desempleado. Luego hizo algunos trabajillos por su cuenta pero, unas veces porque no le pagaban, otras por el trato que recibía, poco a poco fue abandonando aquella costumbre.

Más tarde probó a retomar los estudios. Cuando tenía 17 años dejó el instituto. A los dos años de estar disfrutando de no hacer nada, su padre le obligó a empezar a trabajar. Quizá deberían haberle obligado a estudiar, pensaba. Ahora, con más de 35 años, dos niños y una hipoteca, estudiar se convirtió en una utopía. Lo intentó, pero no pudo. El desánimo de saber que de poco le serviría le ganó.


Después de esto intentó dejar de fumar y ponerse en forma, como cuando era un chaval y jugaba al futbol. Eso eran buenos tiempos. Sin preocupaciones, siempre con los amigos. Estuvo un tiempo yendo al gimnasio. Luego suprimió ese lujo y solo salía a correr por el parque. Luego, ni eso. Necesitaba refugiarse en algún vicio, y no quería que fuera el alcohol. Volvió a fumar. Ahora, le avergonzaba pedirle dinero a su mujer para comprar cigarrillos. Ni para eso valía. Así que solo dejó de fumar por vergüenza.


4:37. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya. Continuar en esa situación solo ayudaría a la infelicidad de su familia. Ya pasó el tiempo en el que él podía aportar cosas positivas. Se sabía un mal ejemplo para sus dos hijos, el mayor ya adolescente. ¿Qué pensarían cuando veían a su padre todo el día triste, tirado en el sofá, sin trabajar? ¿Qué pensarían cuando, en unos meses, incapaz de pagar la hipoteca, se vieran obligados a coger todas sus pertenencias y pedir asilo en casa de algún familiar? No estaba dispuesto a pasar por eso, ni hacérselo pasar a su familia. Se levantó de la cama. Había llegado la hora.


“Las cosas, si se hacen, se hacen bien”. Esas palabras de Manolo valían perfectamente para esa ocasión, aunque Pedro dudaba que su viejo oficial y compañero compartiera lo que le rondaba en esos momentos de la madrugada por la cabeza. Fue a la cocina a oscuras, si hacer ningún ruido. Encendió la luz y buscó algo de ropa en la cesta de la ropa sucia “para lo que voy a hacer, poco vale que la ropa esté limpia o sucia, lo importante es que nadie se despierte ahora”. Se preparó un café y se comió una magdalena. Hacía frio aun. Abril no había llegado a su ecuador y las noches aun pensaban que era invierno.


Buscó una botella vacía de plástico y la llenó con agua del grifo. Luego cogió una manzana y dos naranjas. Buscó en el bolso de su mujer las llaves de su coche. Cuando las tenía en la mano las miró. “No puedo dejarle sin marido y sin coche el mismo día”. Buscó en un cajón las llaves de su viejo seat. No tenía seguro, y los neumáticos estaban lisos y desinflados. “Solo será un trayecto de 30 minutos”.


Apenas eran las 5:15 cuando salió de casa. Era martes. No se escuchaba ningún coche en la carretera. Se sintió estúpido parado en aquel semáforo en rojo que le llevaba a la nacional. En los casi dos minutos que tardó en cambiar de color no había pasado absolutamente nadie. Retomó la marcha. En apenas 20 minutos estaría en su destino, su reto, su fin. Una montaña situada en los linderos de la ciudad y rodeada de un bonito bosque. Nadie diría que a apenas 5 kilómetros comenzaban las viviendas de aquella gran urbe. En el trayecto que le llevaba hasta allá, no pudo reprimir las primeras lágrimas.


Pedro se desvió por un carril de tierra. Condujo con cuidado. El cielo aun no había empezado a clarear y la luna hacía horas que se había retirado. Ascendió con lentitud por la pendiente. Las lágrimas aun le resbalaban por las mejillas. Recordaba cuantas veces había ido por esos caminos. Cuando era niño venía de picnic con sus padres. Más tarde, ya de jovenzuelo, con las bicis con los amigos. Con la llegada de las hormonas, con alguna novia ocasional. Después, con su propia familia, buscando repetir aquellos recuerdos de los picnic de 20 años atrás. Hoy recorrería ese camino por última vez. Pero tenía que hacerlo bien. No podía cometer errores, o no serviría de nada su sacrificio.


Aparcó en un llanito a la derecha del camino. Se aseguró de que el coche fuera bien visible desde abajo. Luego cogió el paquete de tabaco que guardaba para una gran ocasión. La fruta. El agua. El móvil. ¿Para qué quería el móvil? Era absurdo llevarlo para aquello que iba a hacer. “Quizá por eso mismo debería llevarlo”, se dijo. Lo tendría apagado, pero con él. Así no habría sospechas. Por la misma razón cogió las llaves del coche y se las guardó en un bolsillo. Al Este, el cielo comenzaba a adquirir el tono claro que precede al amanecer. Había llegado el momento. Comenzó a andar.


Conocía bien esos senderos, así que se desvió del camino principal. Intentó mantenerse en la misma cota hasta llegar al pie escarpado de la montaña. Así tendría menos posibilidades de caerse por la falta de luz. Cuando llevaba unos 40 minutos, el sendero, que inicialmente se dirigía al sur, describió una amplia curva hacia la izquierda, que hizo que Pedro se encarara directamente con el nacer del nuevo día. Se quedó parado. Por un momento, por alguna razón, no pudo dar un paso más. Se sentó en una roca nada ergonómica. Sacó el paquete de cigarrillos. Quedaban 12. De sobra, se dijo. Encendió uno y se quedó mirando, expectante, justo hacía el Este. El cielo fue pasando del azul claro al morado. Luego al rojo. Al naranja. Cuando el naranja no podía ser más claro, apareció el amarillo y, en solo unos segundos, el disco dorado comenzó su paso por un nuevo día.


Apenas había dado dos caladas al cigarrillo. Pedro tenía la mirada fija en el horizonte. Nada se interponía entre él y el astro rey. Tiró el cigarrillo y lo aplastó con fuerza. Luego uso la mano que anteriormente sostenía el cigarrillo para hacerse algo de sombra en los ojos. No podía apartar la mirada. Sin embargo, las lágrimas no brotaban de sus ojos por la claridad desmesurada de ese momento. Lloraba por segunda vez esa mañana, y no sería la última. Eran lágrimas muy diferentes a las primeras que habían mojado su rostro en el coche. Un incendio había comenzado en su corazón, pero en esos momentos apenas era una llamita titubeante.


Se secó los ojos y siguió. Casi había llegado al punto donde debería torcer a la derecha y comenzar a subir por el terraplén. Un poco más arriba encontraría un terreno algo más cómodo para proseguir su viaje hasta la cumbre. Sería cansado y fatigoso, pero tenía que hacerlo. Él sabía que el suicidio estaba excluido en cualquier póliza de seguros. Por eso tenía que ser muy cuidadoso. En estos pensamientos estaba cuando sintió que alguien o algo lo llamaba. Se sorprendió de ver su propia sombra reflejada, casi a tamaño real, en la pared de piedra que tenía a unos 10 metros delante de él. Se volvió.


En ese momento, el Sol descubría toda su circunferencia por encima de la línea de agua que marcaba el horizonte. Impresionaba esa imagen. Como un gigante, ascendía entre grandes esfuerzos en medio de ese cielo despejado de primavera. Sus rayos se hacían notar. Pedro sintió que le sobraba el jersey. Se lo ató a la cintura. Luego se irguió de nuevo y miró a su rival. Pareció preguntarle “¿Qué quieres de mi?, has salido durante millones de años por el mismo sitio, has visto pasar a todas las generaciones de los hombres, ¿Qué te importa que mis días terminen aquí y ahora?”. Como toda respuesta, recibió una ligera brisa inusualmente cálida para esas horas de la mañana.


Miró al suelo, se giró, vio su sombra, pensó “Me persigue. Me perseguirá todo el tiempo, mi camino me lleva al Oeste”. Siguió caminando. Ahora el terreno era menos abrupto. Pensó que quizá en una hora habría llegado a su destino. Iba bien de tiempo, podía sentarse un momento a descansar. Buscó un lugar que le permitiera ocultarse de su perseguidor. Lo encontró entre una pared de roca y unos arbustos altos. Allí se sentó, en una piedra que sobresalía de la roca. Sacó la botella, bebió. Peló una naranja. Metió las cáscaras bajo el arbusto. “Buen abono”, pensó. Fue separando los gajos uno a uno, masticándolos con paciencia. No tenía ninguna prisa.


Desde donde estaba sentado, en un pequeño corredor entre la roca y los arbustos, tenía visión abierta al norte. Veía las copas de los arboles que volvían a su esplendor después de un invierno frio y largo. De repente, algo invadió aquel escondite. Un rayo de sol se coló entre el hueco dejado por dos arbustos y estrelló sus rayos contra la pared de roca. Apenas era una ventanita de veinte centímetros de ancho, pero la blanca roca caliza repartía aquella luz en todas direcciones. Pedro observó el lugar exacto donde el sol apuntaba en la roca. Era una rendija estrecha pero que mantenía un ancho bastante uniforme. Se acercó hasta allí, aun desgajando tranquilamente la naranja. El lugar donde nacía aquella pared de roca era arenoso. Y justo donde el sol apuntaba, había una pequeña oquedad en la roca. Pedro se sentó en el suelo y observó con deleite como en este pequeño espacio donde convergían sol, roca y tierra un pequeño universo de vida pasaba inadvertidos para todos. Una pequeña planta, de solo unos centímetros de alto, mostraba con orgullo las primeras florecitas de su primavera. Más a la derecha, un pequeño caracol se desplazaba lentamente sobre la hoja de su planta vecina. Unas hormigas traían y llevaban con paciencia pero sin pausa trocitos de ramas secas desde los arbustos hasta su hormiguero. Unas tímidas gotas de agua, seguramente de rocío, caían regularmente sobre el suelo. Por segunda vez esa mañana, el astro rey le saludo con una templada brisa, y por tercera vez Pedro rompió a llorar.


Se levantó, volvió sobre sus pasos y salió de aquel corredor. Ya había perdido bastante tiempo. Tenía que volver al camino. Tenía trabajo que hacer. Se secó las lágrimas. Se remangó la camiseta. Hoy haría calor.


Serpenteó unos minutos con la mirada fija en el suelo. No quería enfrentarse nuevamente con él. Sabía que le vigilaba. Cada vez que lo mirase sentiría como le preguntaba “Pedro, ¿Qué haces?, ¿A dónde vas?” No era asunto suyo. No era asunto de nadie. Era su decisión. Así sería más útil a su familia que lo que lo había sido en los últimos 3 años. Torció a la derecha y se internó por un pequeño cañón que le dirigió al norte. Con este pequeño rodeo, evitaría estar bajo su mirada.


No se encontraba bien. Estaba enfadado. Estaba cansado, Estaba mareado. Se sentó. Tenía frío. Allí, a la penumbra, hacía frío. Había humedad. Cuando dejó de respirar tan aparatosamente, pudo sentir el murmullo de un paso de agua. Lo buscó con la mirada. Vio unos juncos pequeños. Sin duda el ruido venía de allá. Se acercó sin hacer ruido. No pensaba que fuera ahuyentar a los juncos, pero no quería perturbar aquel rítmico gorgoteo. Se sentó en el suelo y acercó lentamente su cara a los juncos. Con la delicadeza propia de un cirujano, los separó como si fueran una cortina para poder ver qué escondían. Allí, tras la pequeña empalizada de juncos, había una pequeña charca de agua clarísima. El fondo, que estaría a pocos centímetros, era nítidamente visible. El agua llegaba en un hilito que dejaba caer solo unas pocas gotas en un extremo de la laguna en un pequeño salto. Por el lado opuesto, a unos 2 metros, el agua abandonaba para siempre esa paz para continuar su desconocido camino que le llevaría, seguramente, al mar.


Pedro tenía la boca abierta. No recordaba haber tenido la boca tan abierta nunca en su vida. Aquello parecía más propio de un belén. De repente, un sonido nuevo rompió la armonía. No, no rompió la armonía. Ese sonido acompañaba a aquella armonía. Tras unos segundos de rastreo, Pedro encontró el origen de aquel sonido. Mimetizando su piel con el fondo marrón del pequeño estanque, una rana le miraba desde una distancia de no más de 20 centímetros. Tenía sumergido su cuerpecillo en el agua, y apenas asomaba los ojos. Le miraba. Le miraba fijamente y continuaba emitiendo aquel sonido. No parecía tener miedo, No parecía advertirle de ningún peligro. No parecía reprobarle nada. Solo estaba allí, mirándole. Disfrutando de un baño matutino. Quizá buscando algo de comer. Algo se movió en el agua. Parecían peces, pero no eran peces. No había peces tan pequeños, al menos allí. Pedro no pudo evitar sonreír. Su primera sonrisa del día. Su primera sonrisa en mucho tiempo. Eran renacuajos.


Cuando tenía unos 8 años, Pedro y su hermano habían encontrado una masa viscosa en un estanque donde iban a buscar ranas. Su hermano, mayor que él, le dijo que eran huevos de rana. Él no se lo creyó, pero aun así ayudó a su traslado hasta un cubo lleno de agua que tenían en un rincón de su casa. Durante las semanas siguientes, Pedro y su hermano disfrutaron del espectáculo que supone el ciclo de la vida de las ranas. Desde esos huevos enanos, los renacuajos, hasta finalmente convertirse en ranas para comenzar nuevamente el ciclo. ¿Quién sabe?, quizá la rana vigilaba a sus renacuajos, quizá disfrutaba como Pedro del movimiento sinuoso que se traían. ¿Disfrutar? Pedro no había ido hasta allá para disfrutar. Tenía algo importante que hacer. Algo mucho más importante que aquel puñado de renacuajos. Se incorporó bruscamente, soltando los juncos. La rana no pareció impresionarse, y le dedicó un “croack” de despedida.


Pedro estaba enfadado. Lo que tenía que hacer era bien sencillo, y ni eso era capaz de hacer. Se dirigió a grandes zancadas a través del cañón hasta llegar al extremo norte. Comenzó a subir por esa ladera. Por allí no le molestarían Soles ni ranas. Podría poner rumbo tranquilamente a su destino, la cima. La miró. Parecía lejana aun. La rápida caminata, aunque corta, había resultado agotadora. Se sentó otra vez, pero esta vez tuvo cuidado de no estar cerca de ningún riachuelo, ni a la vista de su perseguidor. Sacó la manzana. La frotó contra su camiseta hasta que le sacó brillo. Clavó los dientes y extrajo el primer bocado de aquella fruta. Estaba dulce. Dulce y de tacto dura. “En esta época salían las mejores manzanas”, pensó. Se mantenía a la sombra. El sol solo alcanzaba a los arboles más lejanos del bosque. La montaña le protegía de sus rayos, que veía pasar por encima de su cabeza hasta estrellarse contra los árboles. “Si me buscas por ahí, no me encontrarás”, dijo en voz alta.


Disfrutando de su manzana, mirando los rayos oblicuos del sol que venían desde el picacho de la montaña hasta las copas de los arboles situados a unos cientos de metros de él, observó el aletear de toda una familia de mariposas. Las mariposas no tienen un volar constante, pensó, más bien se mueven por impulsos, en torpes movimientos. Éstas, sin embargo, parecían que jugaban entre ellas, chocándose, huyendo, y regresando. Cada vez que una pasaba por delante de los rayos del sol, sus alas emitían una tonalidad entre oro y rubí. De vuelta a la sombra, su aspecto era de un dorado menos brillante pero igualmente hermoso. Parecían divertidas. Se chocaban, huían, volvían, se chocaban nuevamente. Salían y entraban de la zona de sol. A Pedro le resultó divertido y volvió a sonreír. Ellas no tenían miedo de mostrar sus sentimientos al sol. Pero ellas eran simples mariposas. No tenían familia a la que alimentar. No tenían facturas que pagar. No tenían una hipoteca que les hundiera en el barro. Eran simples y estúpidas mariposas. Pedro borró la sonrisa de su boca, apuró la manzana y la lanzó lejos. Bebió un poco de agua. Se volvió hacia las mariposas. “Disfrutad ahora, en unas semanas estaréis muertas, y vuestros hijos serán simples gusanos”. Se irguió y continuó la ascensión.


Ahora el terreno era definitivamente malo. Apenas había vegetación, y las rocas sueltas hacían más penoso su camino. Llegado a un punto, ya fue inútil evitar el sol, pero no se dejó amedrentar cuando lo tuvo nuevamente enfrente. Se hizo sombra con ambas manos y le retó. Por tercera vez, el sol le saludó con una cálida brisa.


Ahora quedaba lo peor de ese camino que había elegido para evitar a su archienemigo, al que ahora tenía frente a frente. Desde ahí, la montaña se levantaba en un risco que tendría que escalar. Tardaría un buen rato en subir, pero solo unos segundos en bajar, pensó, y eso le animó. Miró hacia arriba. Unos pájaros volaban a decenas de metros sobre su cabeza. No, no eran simples pájaros, eran aves rapaces. Las veía flotar en el cielo mientras él ascendía penosamente por la escarpada pared. No les veía mover las alas. Parecía que se mantuvieran en el aire como sujetas por cuerdas. De vez en cuando, alguna se precipitaba unos metros hacia la tierra, retomando de nuevo el camino al cielo. En ese momento sí que batían ligeramente las alas. Quizá se aprovechaban de las corrientes de aire. Algo había escuchado Pedro en un reportaje de animales. Ahí estaban, flotando libremente en el aire, sin ni siquiera tener que esforzarse en batir las alas. Divisando lo que sin duda sería una vista espectacular del bosque, la montaña, el rio que serpenteaba más abajo, incluso el mar profundo sería visible desde allí.


Pedro quiso tener, aunque fuera por un instante, la misma visión que tenían aquellas grandes aves. Se giró, dándole la espalda como pudo a la pared de roca. En ese momento, la roca que sujetaba su pie derecho sucumbió a su peso y Pedro cayó. Al primer golpe contra la roca, intentó girarse y consiguió asirse a una zarza que brotaba en una fisura de la roca. Le sangraba la cara, el brazo y la mano que sujetaba a la zarza. Sabía que se había roto un tobillo. Lo había escuchado y sentido. Tan pronto la zarza sucumbiera a su peso, estaría perdido. Miró hacia abajo. La pared era prácticamente lisa y plana hasta llegar al pie del risco, a unos 50 metros. Unos segundos más y habría conseguido lo que había ido a buscar. Aunque no como él hubiera querido. En ese momento, comenzó a llorar por última vez en su vida. Ni eso había conseguido, ni llegar a la cima antes de arrogarse por su propia voluntad.


De repente, vinieron a su mente los renacuajos nadando apaciblemente en su charca, con su madre vigilante. El rincón de vida entre los arbustos. Las mariposas juguetonas. El desafiante sol. Las aves. Se giró, sin dejar de llorar, para presentarle sus respetos. El sol le había vencido. Ahora Pedro tenía ganas de vivir, y ya no lo conseguiría. El sol le saludó por última vez con su cálida brisa. En ese momento, Pedro sacó un grito de lo más profundo de su cuerpo y subió, sin recordar que usó como punto de apoyo, hasta alcanzar una piedra angulosa que le permitió ascender hasta una cornisa donde pudo sentarse.

Sacó el móvil, lo encendió y llamó a su mujer. Sonrió por primera vez en su nueva vida y gritó: TE QUIERO.


Víctor Fernández

00:06:50 . 03 Agos 2012
Admin · 1310 vistas · 2 comentarios

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Comentarios

Comentario de : Pérez [ Visitante ] Sitio web
Maravilloso! Me encanta cómo transmite la soledad y la agonía de Pedro, su lucha contra la vida que lo llama...Sencillamente, ¡Genial!!Espero con anhelo lo próximo.
   03/08/2012 @ 14:49:45
Comentario de : simondi [ Visitante ] Sitio web
simplemente EMOCIONATE
   03/08/2012 @ 06:11:13

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