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Crónicas de Kingoué. Capítulo VII. Misión en Kingoué Abril 2015



Mientras yo disfrutaba mis vacaciones en España por Semana Santa atravesando el país para dejar las donaciones sobre el camión, Jenny aprovechó las suyas para ir a Kingoué. Amici del Congo tiene una pick-up similar a la mía con la que llevan lo que van reuniendo en Pointe-Noire. Pero esta vez algo había cambiado. Los transportes que habíamos hecho Nano y yo entre Enero y Marzo habían llenado la casa de Maria de donaciones. ¿Por qué la casa de Maria? Buena pregunta: mi apartamento es muy pequeño, y el de Jenny sólo un poco más grande, así que la buena de Maria nos dejaba su casa para que se la llenemos de trastos. Por fin, llegado el domingo de Ramos, ante el inminente de viaje de Jenny a Kingoué y el mío a España, nos dispusimos a vaciarle la casa.


Como la pick-up de Amici del Congo no sería suficiente, ni de lejos, para transportar tanto material, convenimos en enviar una parte por medio de un camión. Y contratar el camión se convirtió en la siguiente aventura...


Ya conocéis el Grand Marché, un enorme mercado donde no es difícil encontrar carteristas, pero es un paraíso comparado con el Mercado de Fond Tié Tié, de lejos el lugar más concurrido, peligroso, maloliente y transitado de Pointe-Noire. Además, las últimas lluvias habían abierto auténticos cráteres en las calles que sólo permiten el paso a vehículos 4x4. Pues bien, aquí, en este lugar tan agradable, se encuentra el "centro de Mercancías", que nos es más que un callejón lleno de barro donde van aparcando viejos camiones y ofreciendo sus servicios a viva voz. Jenny y yo estábamos acompañados del pequeño Louange y de un congolés amigo de ella, además de los ocho sacos que habíamos retirado de casa de María y que sumaban más de 250 kilos. Después de una hora larga de camino (para recorrer unos 15 kilómetros), llegamos al enjambre de vida que es el Mercado de Fond Tié Tié. Cuando terminamos de sortear todos los cráteres (en algunos se podría enterrar un coche como el mío) y a los grupos de vendedores de absolutamente todo, llegamos al apartado callejón donde estacionan los vetustos camiones que ofrecen sus servicios. Encontramos un camión que partiría, si conseguía la carga suficiente, el día siguiente, pasando por Kingoué, así que allí se fue Jenny a negociar precio.


8 sacos, 250 kilos, a 400 kilómetros. El precio inicial fueron 60 €, aunque Jenny consiguió rebajarlo hasta 20 €, lo cual me resulto muy barato. Además, el camión llegaría casi al mismo tiempo que Jenny a Kingoué, así que no habría problemas de desaparición misteriosa de bolsas.


Lunes Santo, y Jenny que parte con Louange y Don Ghislain, el cura de Kingoué que tanto soporte da a Amici del Congo (de hecho fue el fundador de esta asociación), bien temprano en la mañana. Tiene la agenda llena de cosas por hacer. Además de seguir el final de la construcción de la Casa del Cuore de Kingoué y de repartir todo lo que le había llegado desde navidades (además de nuestras donaciones, un contenedor que les llegó en Enero desde Italia), como por primera vez tenían el coche operativo, se habían planteado visitar todas las aldeas que pudieran en la región de Kingoué, pues hasta la fecha, a falta de transporte, habían centrado sus esfuerzos en Kingoué Center, de unos 2.000 habitantes.


La región de Kingoué la componen unos 30 poblados, a cual más pobre. Los hay de 2.000 habitantes, o de 35. Además, en la selva donde está enclavada está región, existen tribus de pigmeos, algunos de los cuales acuden a los poblados a intercambiar alimentos o a unirse a ellos. Vamos, como para llevar un padrón detallado en este lugar.


La idea inicial de Jenny y de Don Ghislain era visitar todos los poblados, en los diez días de que disponía Jenny, para llevarles la ayuda que pudieran a cada uno y conocer de primera mano la necesidad de todos, pero la realidad fue muy distinta. Aunque algunos poblados están a sólo 15 kilómetros de distancia de su base operativa, se tardaba más de una hora en atravesar esos caminos. Y hay aldeas aún más alejadas, hasta a 50 kilómetros de Kingoué Centre. Así que se centraron en el poblado principal y visitaron sólo unos pocos poblados más. Y de todos hay historias bonitas que contar.


Habían pensado en aprovechar la Casa del Cuore, que ya tiene paredes, ventanas, techo y suelo para hacer el reparto de la ropa, zapatos y sábanas a los habitantes del pueblo, dándoles a elegir a cada uno de los habitantes que se acercase hasta el lugar tres prendas entre todas las que habían dispuesto en el salón principal. Ni en sus peores pesadillas pensaron que esa tarea se iba a alargar 3 días completos, necesitando, además, la ayuda de los servicios sociales del lugar, voluntarios, gendarmes, etc, ante la avalancha de personas. La primera sorpresa fue que el objeto más codiciado eran las sábanas, algo que no habíamos previsto y que, por lo tanto, no abundaba. Se agotaron enseguida, y los afortunados que las consiguieron las portaban orgullosos mostrándoselas al resto de convecinos. Así que, conocida la necesidad, lanzamos una campaña por las redes para recolectar sábanas, grandes o chicas, nuevas o usadas, que poco a poco está dando sus frutos.


De ese reparto tenemos muchas fotos, en algunas de las cuales ya se pueden ver las prendas traídas desde España. Es una satisfacción indescriptible poder ver cómo tanto esfuerzo sirve para alimentar sonrisas y cubrir necesidades tan básicas como unos zapatos o una camiseta.


El siguiente problema que se le planteó a Jenny fue cómo repartir las medicinas que habíamos traído desde España gracias a una cadena de grandes amigos, como Luis, Ana, Antonio. El primer problema era que nunca habían visto algunas de las medicinas que habíamos llevado, y como los que trabajan en los centros médicos no son doctores, ni tan siquiera enfermeros, no sabían cómo administrarlos. Por si fuera poco, apenas hablan el francés, así que como para leerse el prospecto en español. Así que le tocó a Jenny traducir los prospectos, del español que desconoce, al francés que tampoco domina muy bien, ni ella, ni los enfermeros.


Esos primeros 20 kilos de medicinas se repartieron entre el centro médico de Kingoué Center y el de Matsiti, de lejos el poblado más pobre del lugar. No tienen ni agua. Y no hablemos ya del centro médico. Una triste cabaña de madera, con un camastro que no es más que un somier, una cama de parto que más bien parece un potro de tortura (¿Creéis que exagero?, buscad las fotos en la página de Facebook) y un dispensario que sólo contenía un par de botellas de suero fisiológico. La cara del enfermero cuando vio todo lo que Jenny le entregó lo decía todo.


También habíamos entregado a Jenny una primera partida de batidos proteicos que mi suegro y compañero de fatigas no pudo disfrutar por irse demasiado pronto, y ella se los dio a Japhé, un chico encantador y muy delgado que le siguió cada día, ayudándole en lo que podía. Japhé es huérfano, pero no porque sus padres hayan muerto, lo cual sería muy triste, sino por algo aun peor. Su padre no lo reconoció al nacer, y la madre prefirió abandonarlo cuando su actual pareja le dio a elegir entre vivir con él o con su hijo. Así que Japhé pasó a vivir con sus tíos, padres ya de 5 niños. Cuando falta comida en esa casa, ¿Adivináis quién es el niño que se queda sin comer? Pues por este motivo sufre una grave desnutrición. Bueno, sufría, porque desde que se ha aficionado a los batidos proteicos tiene mejor cara y “más carne”. Con el camión gallego llegaron unos 30 kilos más de este producto, que les vendrán muy bien a muchos chiquillos que sufren también desnutrición.


Por su parte, los potitos que habíamos logrado llevar hasta el momento, unos 30, se distribuyeron entre dos jóvenes madres, Biliard y Rosine. La primera, muy pobre, no tenía con que alimentar a su pequeña Belvina (no me estoy inventando los nombre, lo juro), pero el caso de Rosine era extremo. En enero dio a luz a su cuarto hijo (aunque sólo los dos últimos viven con ella) en el centro médico de Kingoué, y desde entonces había estado viviendo allí, en el centro médico, con los alimentos que le acercaba el enfermero, el Don Ghislain, o algún otro convecino, ante la imposibilidad de pagarse por sí misma el alimento, y no digamos ya un alojamiento. Hicimos una colecta entre los españoles, y no tan españoles, de Pointe Noire para darle a Jenny algo de dinero con el que cuidar de ella. Aprovechando la visita, Jenny le buscó una pequeña cabaña en alquiler para que al menos pudiera vivir fuera del centro médico. La solución para Rosine llegó de rebote, gracias al pequeño Jean Dorel, otro habiante de Kingoué de tan solo 6 años, pero eso os lo contaré en otro capítulo.


Otro personaje que Jenny visitó durante su estancia en Abril de 2015 fue a Julie, una mujer mayor, enferma de polio (por lo que no puede andar), que se pasa la vida delante de una vieja máquina de coser manual, haciendo unos bolsos, delantales y trajes muy bellos, y que hemos pensado en vender en la ciudad o en nuestros países para poder darle un poco de dinero a la señora. Como tiene una cabaña muy pequeñita y muy oscura (no, no tiene ventanas ni electricidad), Julie sale muy tempranito de su choza y se instala bajo un cañizo, donde se pasa el día cosiendo en la vieja máquina.


Pero, sin duda, el premio a la mujer más valiente y decidida de la región de Kingoué es para Mama Niangui, una anciana de 70 años que habita en un pueblo llamada Mouyondzi, el más grande de la zona. A esta buena señora le dio un día por tomar a su cargo los numerosos huérfanos de la región, y en la actualidad cuida de 300. No, no es un error. 300, trescientos, CCC. Un tres seguido de dos ceros. ¿No es asombroso? Lo cierto es que la gran mayoría no son huérfanos, sino hijos de madres solteras, que los dejan con Mama Niangui por la mañana para poder trabajar. Pero, eso sí, hay al menos 30 huérfanos que viven con ella “a pensión completa”.


Hay tantas historias que contar de esta visita que necesitaría un libro entero para hacerlo, así que voy a terminar hablándoos de papa Nkodia, un anciano completamente ciego que vive solo y que también recibió ayuda por parte de este ángel que se llama Jenny. Y de la aldea de Mounkomo, tan pobre que ni tan siquiera tiene centro médico y un vecino se encarga, con los medios de que dispone, de la salud de sus convecinos, ahora algo mejor con algunos medicamentos que pudimos darle. Y de un chico parapléjico de unos 10 años y cuyo nombre no ha trascendido, al que ayudamos como pudimos, donándole un carrito de bebé, con el que los padres tienen, al menos, un respiro, y él, un poco de independencia.


Las obras de la Casa del Cuore, un centro que se está construyendo en Kingoué Center para albergar, además de las dependencias de la asociación (las estancias donde duermen los voluntarios italianos que vienen en verano y donde guardan las cosas y se reúnen), una guardería para facilitar a las madres que puedan trabajar, una escuela primaria para que los chicos reciban una mejor educación, una escuela de adultos y un centro de acogida, para casos extremos como los de Rosine o Louange, y que se está costeando con las donaciones de los donantes italianos de Amici del Congo y de subvenciones de la Conferencia Episcopal Italiana, pero también con la venta de camisetas (¡que también tenemos en España!), prosiguen su marcha y ese mismo año se terminó el edificio principal. Con el dinero que han podido ahorrar del presupuesto inicial, han podido construir un establo para criar cabras y gallinas, así como un restaurante (con discoteca y todo) con cuyos beneficios seguirán apoyando la acción solidaria que llevan a cabo allí. Ya están operativos los baños, que tienen los primeros lavabos de la historia en toda la región.


Después de dos semanas de duro trabajo, Jenny, Louange y Don Ghislain regresaron a Pointe-Noire, donde tuve el placer de conocer a esta excelente persona. Este congolés de unos 30 años, además de ser solidario, tiene mucho sentido del humor y ya desde el primer momento nos llamábamos hermanos (porque los dos llevábamos la misma camiseta de Amici del Congo). En esa cena se hablaron de muchos proyectos, muchos de los cuales salieron adelante, pero eso os lo iré contando en los siguientes capítulos.


Me despido en esta ocasión con una frase que se me quedó grabada hace años (y eso tiene mérito, dada la pésima memoria que tengo): “Solidario no es aquel que da lo que le sobra, si no el que entrega lo que la otra persona necesita”.



19:33:02 . 09 Jul 2016
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